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papa interreligiosoAlle ore 11.30 di questa mattina, nella Sala del Concistoro del Palazzo Apostolico, il Santo Padre Francesco ha ricevuto in Udienza i partecipanti al Simposio promosso dall’Organizzazione degli Stati Americani e dall’Istituto del Dialogo Interreligioso di Buenos Aires sul tema: “América en Diálogo-Nuestra Casa Común” (Augustinianum, Roma, 7-8 settembre).

Pubblichiamo di seguito il discorso che il Papa ha rivolto ai presenti all’Udienza:

Discorso del Santo Padre

Señoras y señores:

Me alegra darles la bienvenida a todos ustedes, que participan en este Primer encuentro: América en diálogo – Nuestra casa común. Agradezco a la Organización de los Estados Americanos y al Instituto del Diálogo Interreligioso de Buenos Aires sus esfuerzos para hacer realidad este evento, y así como la colaboración del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. Sé que están trabajando conjuntamente en el proyecto de constituir un Instituto de Diálogo que abarque a todo el continente americano. Trabajar juntos es una loable iniciativa y los invito a seguir adelante para el bien no sólo de América, sino del mundo entero.

Este primer encuentro se ha centrado en el estudio de la Encíclica Laudato si’. En ella he querido llamar la atención sobre la importancia de amar, respetar y salvaguardar nuestra casa común. No podemos dejar de admirarnos por la belleza y la armonía que existe en todo lo creado; es ese regalo que Dios nos hace para que podamos hallarlo y contemplarlo en su obra. Es importante apostar por una «ecología integral», en el que el respeto por las criaturas valore la riqueza que encierran en sí mismas y ponga al ser humano como culmen de la creación.

Las religiones tienen un rol muy importante en esta tarea de promover el cuidado y el respeto del medio ambiente, sobre todo en esta ecología integral. La fe en Dios nos lleva a reconocerlo en su creación, que es fruto de su Amor hacia nosotros, y nos llama a cuidar y proteger la naturaleza. Para esto, es necesario que las religiones promuevan una verdadera educación, a todos los niveles, que ayude a difundir una actitud responsable y atenta hacia las exigencias del cuidado de nuestro mundo; y, de modo especial, proteger, promover, defender los derechos humanos (cf. Enc. Laudato si’, 201). Por ejemplo, una cosa interesante sería que cada uno de los participantes se preguntara cómo en su país, en su ciudad, en su medio ambiente, o en su creencia religiosa, en su comunidad religiosa, en las escuelas, han incorporado esto. Creo que todavía estamos a nivel de «escuela nido» en esto. O sea, incorporar la responsabilidad, no sólo como materia sino como conciencia, en una educación integral.

Nuestras tradiciones religiosas son una fuente necesaria de inspiración para fomentar una cultura del encuentro. Es fundamental la cooperación interreligiosa, basada en la promoción de un diálogo sincero y respetuoso. Si no existe respeto recíproco no existirá diálogo interreligioso. Yo recuerdo en mi ciudad, cuando yo era chico, algún párroco por allí mandaba quemar las carpas de los evangélicos, y gracias a Dios se ha superado eso; si no existe respeto recíproco no existirá un diálogo interreligioso, es la base para poder caminar juntos y afrontar desafíos. Este diálogo está fundado en la propia identidad y en la confianza mutua que nace cuando soy capaz de reconocer al otro como don de Dios y acepto que tiene algo que decirme. El otro tiene algo que decirme. Cada encuentro con el otro es una pequeña semilla que se deposita; si se riega con el trato asiduo y respetuoso, basado en la verdad, crecerá un árbol frondoso, con multitud de frutos, donde todos podrán cobijarse y alimentarse, y nadie estará excluido, y en él todos formarán parte de un proyecto común, uniendo sus esfuerzos y aspiraciones.

En este camino de diálogo, somos testigos de la bondad de Dios, que nos ha dado la vida; ésta es sagrada y debe ser respetada, no menospreciada. El creyente es un defensor de la creación y de la vida, no puede permanecer mudo o de brazos cruzados ante tantos derechos aniquilados impunemente; el hombre y la mujer de fe están llamados a defender la vida en todas sus etapas, la integridad física y las libertades fundamentales, como la libertad de conciencia, de pensamiento, de expresión y de religión. Es un deber que tenemos, pues creemos que Dios es el artífice de la creación y nosotros instrumentos en sus manos para lograr que todos los hombres y mujeres sean respetados en su dignidad y derechos, y puedan realizarse como personas.

El mundo constantemente nos observa a nosotros, los creyentes, para comprobar cuál es nuestra actitud ante la casa común y ante los derechos humanos; además nos pide que colaboremos entre nosotros y con los hombres y mujeres de buena voluntad, que no profesan ninguna religión, para que demos respuestas efectivas a tantas plagas de nuestro mundo, como la guerra y el hambre, la miseria que aflige a millones de personas, la crisis ambiental, la violencia, la corrupción y el degrado moral, la crisis de la familia, de la economía y, sobre todo, la falta de esperanza. El mundo de hoy sufre y necesita nuestra ayuda conjunta, así lo está pidiendo. ¿Se dan cuenta que esto está a años luz de cualquier concepción proselitista?

Además, constatamos con dolor que a veces el nombre de la religión es usado para cometer atrocidades, como el terrorismo, y sembrar miedo y violencia y, en consecuencia, las religiones son señaladas como responsables del mal que nos rodea. Es necesario condenar de forma conjunta y rotunda estas acciones abominables y tomar distancias de todo lo que busca envenenar los ánimos, dividir y destruir la convivencia; hace falta mostrar los valores positivos inherentes a nuestras tradiciones religiosas para lograr un sólido aporte de esperanza. Por este motivo, son importantes los encuentros, como el presente. Es necesario que compartamos los dolores como también las esperanzas, para poder caminar juntos, cuidando el uno del otro, y también de la creación, en defensa y promoción del bien común. Qué bueno sería dejar el mundo mejor que como lo encontramos. Es lindo eso, en un diálogo habido hace un par de años, un entusiasta del cuidado de la casa común decía: tenemos que dejar para nuestros hijos un mundo mejor. Y ¿habrá hijos para eso?, contestó el otro.

Por último, este encuentro se realiza en el año dedicado al Jubileo de la Misericordia; y esta tiene un valor universal que abarca tanto a los creyentes como a los que no lo son, porque el amor misericordioso de Dios no tiene límites: ni de cultura, ni de raza, ni de lengua, ni de religión; abraza a todos los que sufren en el cuerpo y en el espíritu. Además, el amor de Dios envuelve a toda su creación; y nosotros como creyentes tenemos una responsabilidad de defender, cuidar y sanar al que lo necesita. Que esta circunstancia del Año Jubilar sea una ocasión para abrir posteriores espacios de diálogo, para salir al encuentro del hermano que sufre, como también para luchar para que nuestra casa común sea un hogar, donde todos tengamos cabida y nadie sea excluido ni eliminado. Cada ser humano es el regalo más grande que Dios nos puede dar.

Los invito a trabajar y a impulsar iniciativas de forma conjunta, para que entre todos tomemos conciencia del cuidado y protección de la casa común, construyendo un mundo cada vez más humano, donde nadie sobra y donde todos somos necesarios. Y pido a Dios que nos bendiga a todos nosotros.

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html - 8 settembre 2016



Signori e Signore,
Sono lieto di dare il benvenuto a tutti voi che partecipate a questo Primo incontro: America in dialogo – Nostra casa comune, che ha luogo qui a Roma. Ringrazio la Organización de los Estados Americanos e l’Instituto del Diálogo Interreligioso di Buenos Aires per gli sforzi compiuti per fare di questo evento una realtà, e anche il Pontificio Consiglio per il Dialogo Interreligioso per la sua collaborazione. So che state lavorando congiuntamente al progetto di costituire un Istituto di Dialogo che comprenda tutto il continente americano. Lavorare insieme è un’iniziativa lodevole e vi esorto ad andare avanti per il bene non solo dell’America, ma del mondo intero. Questo primo incontro si è incentrato sullo studio dell’Enciclica Laudato si’. In essa ho voluto richiamare l’attenzione sull’importanza di amare, rispettare e salvaguardare la nostra casa comune. Non possiamo smettere di meravigliarci per la bellezza e l’armonia che esistono in tutto il creato; è il dono che Dio ci fa perché possiamo trovarlo e contemplarlo nella sua opera. È importante puntare su una “ecologia integrale”, in cui il rispetto per le creature valorizzi la ricchezza che racchiudono in sé e ponga l’essere umano come culmine della creazione. Le religioni hanno un ruolo molto importante in questo compito di promuovere la cura e il rispetto dell’ambiente, soprattutto in questa ecologia integrale. La fede in Dio ci porta a riconoscerlo nella sua creazione, che è frutto del suo Amore verso di noi, e ci invita a prenderci cura della natura e a proteggerla. Perciò è necessario che le religioni promuovano una vera educazione, a tutti i livelli, che aiuti a diffondere un atteggiamento responsabile e attento verso le esigenze della cura del nostro mondo; e, in modo particolare, a proteggere, promuovere e difendere i diritti umani (cfr. Enciclica Laudato si’, n. 201). Per esempio, una cosa interessante sarebbe che ognuno dei partecipanti si domandasse come nel suo Paese, nella sua città, nel suo ambiente, o nella sua credenza religiosa, nella sua comunità religiosa, nelle scuole, ha integrato tutto ciò. Credo che in questo siamo ancora a livello di “asilo nido”. Ossia, integrare la responsabilità, non solo come materia ma anche come coscienza, in un’educazione integrale. Le nostre tradizioni religiose sono una fonte necessaria d’ispirazione per promuovere una cultura di incontro. È fondamentale la cooperazione interreligiosa, basata sulla promozione di un dialogo sincero e rispettoso. Se non ci sarà rispetto reciproco, non ci sarà dialogo interreligioso. Ricordo che, quando ero bambino, nella mia città, un parroco di lì ordinò di bruciare le tende degli evangelici, ma, grazie a Dio, questo è stato superato; se non esisterà rispetto reciproco non esisterà un dialogo interreligioso, è la base per poter camminare insieme e affrontare sfide. Questo dialogo è fondato sulla propria identità e sulla mutua fiducia che nasce quando sono capace di riconoscere l’altro come dono di Dio e accetto che ha qualcosa da dirmi. L’altro ha qualcosa da dirmi. Ogni incontro con l’altro è un piccolo seme che si deposita; se si annaffia con una cura assidua e rispettosa, basata sulla verità, crescerà un albero rigoglioso, con una moltitudine di frutti, dove tutti potranno ripararsi e alimentarsi, e nessuno resterà escluso, e in esso tutti faranno parte di un progetto comune, unendo i loro sforzi e le loro aspirazioni. In questo cammino di dialogo, siamo testimoni della bontà di Dio, che ci ha dato la vita; questa è sacra e deve essere rispettata, non disprezzata. Il credente è un difensore della creazione e della vita, non può restare muto o con le braccia incrociate dinanzi a tanti diritti impunemente annientati; l’uomo e la donna di fede sono chiamati a difendere la vita in tutte le sue fasi, l’integrità fisica e le libertà fondamentali, come la libertà di coscienza, di pensiero, di espressione e di religione. È un dovere che abbiamo, perché crediamo che Dio sia l’artefice della creazione e noi strumenti nelle sue mani per far sì che tutti gli uomini e le donne siano rispettati nella loro dignità e nei loro diritti, e possano realizzarsi come persone. Il mondo osserva costantemente noi credenti, per appurare qual è il nostro atteggiamento dinanzi alla casa comune e ai diritti umani; inoltre ci chiede di collaborare tra noi e con gli uomini e le donne di buona volontà, che non professano alcuna religione, affinché diamo risposte effettive a tante piaghe del nostro mondo, come la guerra e la fame, la miseria che affligge milioni di persone, la crisi ambientale, la violenza, la corruzione e il degrado morale, la crisi della famiglia, dell’economia, e soprattutto la mancanza di speranza. Il mondo di oggi soffre e ha bisogno del nostro aiuto congiunto, così ce lo sta chiedendo. Vi rendete conto che questo è ad anni luce da qualsiasi concezione proselitista? Inoltre costatiamo con dolore che a volte il nome della religione è usato per commettere atrocità, come il terrorismo, e seminare paura e violenza e, di conseguenza, le religioni vengono indicate quali responsabili del male che ci circonda. È necessario condannare in maniera congiunta e decisa queste azioni abominevoli e prendere le distanze da tutto ciò che cerca di avvelenare gli animi, dividere e distruggere la convivenza; occorre mostrare i valori positivi inerenti alle nostre tradizioni religiose per ottenere un solido apporto di speranza. Per questo motivo, sono importanti gli incontri, come quello presente. È necessario che condividiamo i dolori come pure le speranze, per poter camminare insieme, prendendoci cura l’uno dell’altro, e anche del creato, nella difesa e nella promozione del bene comune. Che bello sarebbe lasciare il mondo migliore di come l’abbiamo trovato. In un dialogo tenutosi un paio di anni fa, un entusiasta della cura della casa comune ha detto: dobbiamo lasciare per i nostri figli un mondo migliore. Ci saranno figli?, ha risposto l’a l t ro . Infine, questo incontro si svolge nell’anno dedicato al Giubileo della Misericordia; questa ha un valore universale che include sia i credenti sia quanti non lo sono, perché l’amore misericordioso di Dio non ha limiti: né di cultura, né di razza, né di lingua, né di religione; abbraccia tutti coloro che soffrono nel corpo e nello spirito. Inoltre l’amore di Dio avvolge tutta la sua creazione; e noi come credenti abbiamo la responsabilità di difendere, prenderci cura e guarire chi ne ha bisogno. Che questa circostanza dell’Anno Giubilare sia un’o ccasione per aprire ulteriori spazi di dialogo, per andare incontro al fratello che soffre, come pure per lottare affinché la nostra casa comune sia una famiglia, dove ci sia posto per tutti e nessuno venga escluso né eliminato. Ogni essere umano è il dono più grande che Dio ci può dare. Vi invito a lavorare e a promuovere iniziative in modo congiunto, affinché tutti insieme prendiamo coscienza della cura e della tutela della casa comune, costruendo un mondo sempre più umano, dove nessuno è di troppo e dove tutti siamo necessari.
E chiedo a Dio di benedire tutti noi.

© Osservatore Romano - 9 settembre 2016