A lo largo de dos mil años, la Iglesia católica ha soportado prácticamente todo lo que le puede ocurrir a una institución: malos papas, obispos corruptos, herejías, cismas, revoluciones, persecuciones, monasterios decadentes, clero disoluto y teólogos tan empeñados en ser originales que, al final, eran los únicos que seguían entendiendo lo que querían decir.
Y, sin embargo, la Iglesia sigue aquí. No porque los católicos hayan sido siempre sensatos. Esa sería una hipótesis histórica bastante atrevida. La Iglesia sobrevivió porque, una y otra vez, se produjo un fenómeno notable: una vez disipado el humo, apaciguadas las disputas y agotadas las acrobacias intelectuales, la ortodoxia católica demostró tener una extraordinaria capacidad de permanencia.
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