Home

Liturgia

Formazione

Rassegna stampa

Search

Risorse

Sostienici

Catechesi Santo Padre

via crucisa PanamaQuesto pomeriggio, il Santo Padre Francesco ha lasciato la Nunziatura Apostolica e si è trasferito in auto al Campo Santa María La Antigua (Cinta Costera) per la Via Crucis con i giovani.

Alle ore 17.30 locali (23.30 ora di Roma) ha avuto inizio il rito con l’ingresso del Papa e con la croce simbolo della GMG.

Conclusa la Via Crucis con la benedizione, il Santo Padre è rientrato alla Nunziatura Apostolica.

Pubblichiamo di seguito le parole pronunciate dal Santo Padre all’inizio della Via Crucis e il discorso che ha pronunciato al termine del rito:

Testo in lingua originale

Queridos jóvenes del mundo:

Caminar con Jesús será siempre una gracia y un riesgo.

Es gracia, porque nos compromete a vivir en la fe y a conocerlo, entrando en lo más hondo de su corazón, comprendiendo la fuerza de su palabra.

Es riesgo, porque en Jesús, sus palabras, sus gestos, sus acciones, contrastan con el espíritu del mundo, con la ambición humana, con las propuestas de una cultura del descarte y del desamor.

Hay una certeza que llena de esperanza este Camino de la Cruz: Jesús lo recorrió con amor. Y también lo vivió la Virgen Gloriosa, la que desde el comienzo de la Iglesia ha querido sostener con su ternura el camino de la evangelización.

Traduzione in lingua italiana

Cari giovani del mondo!

Camminare con Gesù sarà sempre una grazia e un rischio.

Una grazia, perché ci impegna a vivere nella fede e a conoscerlo, penetrando nel più profondo del suo cuore, comprendendo la forza della sua parola.

Un rischio, perché in Gesù le sue parole, i suoi gesti, le sue azioni contrastano con lo spirito del mondo, con l’ambizione umana, con le proposte di una cultura dello scarto e della mancanza di amore.

C’è una certezza che riempie di speranza questa Via Crucis: Gesù l’ha percorsa con amore. E l’ha vissuta anche la Vergine Gloriosa, colei che fin dall’inizio della Chiesa ha voluto sostenere con la sua tenerezza il cammino dell’evangelizzazione.

Traduzione in lingua portoghese

Queridos jovens

de todo o mundo!

Caminhar com Jesus será sempre uma graça e um risco.

Uma graça, porque nos compromete a viver na fé e a conhecê-Lo, penetrando nas profundezas do seu coração, compreendendo a força da sua palavra.

Um risco, porque, em Jesus, as suas palavras, os seus gestos, as suas ações contrastam com o espírito do mundo, a ambição humana, as propostas duma cultura do descarte e da falta de amor.

Há uma certeza que enche de esperança esta via-sacra: Jesus percorreu-a com amor; e viveu-a também a Virgem Gloriosa, Ela que, desde o início da Igreja, quis sustentar com a sua ternura o caminho da evangelização.


Discorso del Santo Padre


Testo in lingua originale

Señor, Padre de misericordia, en esta Cinta Costera, junto a tantos jóvenes venidos de todo el mundo, hemos acompañado a tu Hijo en el camino de la cruz; ese camino que quiso recorrer para nosotros, para mostrarnos cuánto nos amas y cuán comprometido estás con nuestras vidas.

El camino de Jesús hacia el Calvario es un camino de sufrimiento y soledad que continúa en nuestros días. Él camina, padece en tantos rostros que sufren la indiferencia satisfecha y anestesiante de nuestra sociedad, sociedad que consume y que se consume, que ignora y se ignora en el dolor de sus hermanos.

También nosotros, tus amigos Señor, nos dejamos llevar por la apatía, y la inmovilidad. No son pocas las veces que el conformismo nos ha ganado y paralizado. Ha sido difícil reconocerte en el hermano sufriente: hemos desviado la mirada, para no ver; nos hemos refugiado en el ruido, para no oír; nos hemos tapado la boca, para no gritar.

Siempre la misma tentación. Es más fácil y “pagador” ser amigos en las victorias y en la gloria, en el éxito y en el aplauso; es más fácil estar cerca del que es considerado popular y ganador.

Qué fácil es caer en la cultura del bullying, del acoso, de la intimidación, del encarnizamiento con el débil.

Para ti no es así Señor, en la cruz te identificaste con todo sufrimiento, con todo aquel que se siente olvidado.

Para ti no es así Señor, pues quisiste abrazar a todos aquellos que muchas veces consideramos no dignos de un abrazo, de una caricia, de una bendición; o, peor aún, ni nos damos cuenta de que lo necesitan, los ignoramos.

Para ti no es así Señor, en la cruz te unes al vía crucis de cada joven, de cada situación para transformarla en camino de resurrección.

Padre, hoy el vía crucis de tu Hijo se prolonga:

se prolonga en el grito sofocado de los niños a quienes se les impide nacer y de tantos otros a los que se les niega el derecho a tener infancia, familia, educación; en los niños que no pueden jugar, cantar, soñar...

se prolonga en las mujeres maltratadas, explotadas y abandonadas, despojadas y ninguneadas en su dignidad;

y en los ojos tristes de los jóvenes que ven arrebatadas sus esperanzas de futuro por la falta de educación y trabajo digno;

se prolonga en la angustia de rostros jóvenes, amigos nuestros que caen en las redes de gente sin escrúpulos ―entre ellas también se encuentran personas que dicen servirte, Señor―, redes de explotación, de criminalidad y de abuso, que se alimentan de sus vidas.

El vía crucis de tu Hijo se prolonga en tantos jóvenes y familias que, absorbidos en una espiral de muerte a causa de la droga, el alcohol, la prostitución y la trata, quedan privados no sólo de futuro, sino de presente. Y así como repartieron tus vestiduras, Señor, queda repartida y maltratada su dignidad.

El vía crucis de tu Hijo se prolonga en jóvenes con rostros fruncidos que perdieron la capacidad de soñar, de crear, inventar el mañana y se “jubilan” con el sinsabor de la resignación y el conformismo, una de las drogas más consumidas en nuestro tiempo.

Se prolonga en el dolor oculto e indignante de quienes, en vez de solidaridad por parte de una sociedad repleta de abundancia, encuentran rechazo, dolor y miseria, y además son señalados y tratados como los portadores y responsables de todo el mal social.

La pasión de tu Hijo se prolonga en la resignada soledad de los ancianos, que dejamos abandonados y descartados.

Se prolonga en los pueblos originarios, a quienes se despoja de sus tierras, sus raíces y cultura, silenciando y apagando toda la sabiduría que tienen y nos pueden aportar.

Padre, el vía crucis de tu Hijo se prolonga en el grito de nuestra madre tierra, que está herida en sus entrañas por la contaminación de sus cielos, por la esterilidad en sus campos, por la suciedad de sus aguas, y que se ve pisoteada por el desprecio y el consumo enloquecido que supera toda razón.

Se prolonga en una sociedad que perdió la capacidad de llorar y conmoverse ante el dolor.

Sí, Padre, Jesús sigue caminando, cargando y padeciendo en todos estos rostros mientras el mundo, indiferente, y en un confortable cinismo consume el drama de su propia frivolidad.

Y nosotros, Señor, ¿qué hacemos?

¿Cómo reaccionamos ante Jesús que sufre, camina, emigra en el rostro de tantos amigos nuestros, de tantos desconocidos que hemos aprendido a invisibilizar?

Y nosotros, Padre de misericordia,

¿Consolamos y acompañamos al Señor, desamparado y sufriente, en los más pequeños y abandonados?

¿Lo ayudamos a cargar el peso de la cruz, como el Cireneo, siendo operadores de paz, creadores de alianzas, fermentos de fraternidad?

¿Nos animamos a permanecer al pie de la cruz como María?

Contemplamos a María, mujer fuerte. De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz. Con su misma decisión y valentía, sin evasiones ni espejismos. Ella supo acompañar el dolor de su Hijo, tu Hijo, Padre, sostenerlo en la mirada, cobijarlo con el corazón. Dolor que sufrió, pero no la resignó. Fue la mujer fuerte del “sí”, que sostiene y acompaña, cobija y abraza. Ella es la gran custodia de la esperanza.

Nosotros también, Padre, queremos ser una Iglesia que sostiene y acompaña, que sabe decir: ¡Aquí estoy! en la vida y en las cruces de tantos cristos que caminan a nuestro lado.

De María aprendemos a decir “sí” al aguante recio y constante de tantas madres, padres, abuelos que no dejan de sostener y acompañar a sus hijos y nietos cuando “están en la mala”.

De ella aprendemos a decir “sí” a la testaruda paciencia y creatividad de aquellos que no se achican y vuelven a comenzar en situaciones que parecen que todo está perdido, buscando crear espacios, hogares, centros de atención que sean mano tendida en la dificultad.

En María aprendemos la fortaleza para decir “sí” a quienes no se han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y del abuso, del desprestigio y la agresión y trabajan para brindar oportunidades y condiciones de seguridad y protección.

En María aprendemos a recibir y hospedar a todos aquellos que han sufrido el abandono, que han tenido que dejar o perder su tierra, sus raíces, sus familias, su trabajo.

Padre, como María queremos ser Iglesia, la Iglesia que propicie una cultura que sepa acoger, proteger, promover e integrar; que no estigmatice y menos generalice en la más absurda e irresponsable condena de identificar a todo emigrante como portador del mal social.

De ella queremos aprender a estar de pie al lado de la cruz, pero no con un corazón blindado y cerrado, sino con un corazón que sepa acompañar, que conozca de ternura y devoción; que entienda de piedad al tratar con reverencia, delicadeza y comprensión. Queremos ser una Iglesia de la memoria que respete y valorice a los ancianos y reivindique el lugar que tienen como custodios de nuestras raíces.

Padre, como María queremos aprender a estar.

Enséñanos Señor a estar al pie de la cruz, al pie de las cruces; despierta esta noche nuestros ojos, nuestro corazón; rescátanos de la parálisis y de la confusión, del miedo y de la desesperación. Padre, enséñanos a decir: Aquí estoy junto a tu Hijo, junto a María y junto a tantos discípulos amados que quieren hospedar tu Reino en el corazón. Amén.

***

Y después de haber vivido la Pasión del Señor junto a María al pie de la cruz, nos vamos con el corazón silencioso y en paz, alegre y con muchas ganas de seguir a Jesús. que Jesús los acompañe y que la Virgen los cuide. ¡Adiós!

Traduzione in lingua italiana

Signore, Padre di misericordia, in questa Cinta Costera, insieme a tanti giovani provenienti dal mondo intero, abbiamo accompagnato il tuo Figlio sulla via della croce; quella via che ha voluto percorrere per noi, per mostrarci quanto Tu ci ami e quanto sei coinvolto nella nostra vita.

Il cammino di Gesù verso il Calvario è un cammino di sofferenza e solitudine che continua ai nostri giorni. Egli cammina, soffre in tanti volti che soffrono per l’indifferenza soddisfatta e anestetizzante della nostra società, società che consuma e che si consuma, che ignora e si ignora nel dolore dei suoi fratelli.

Anche noi tuoi amici, o Signore, ci lasciamo prendere dall’apatia, e dall’immobilismo. Non poche volte il conformismo ci ha sconfitto e paralizzato. È stato difficile riconoscerti nel fratello che soffre: abbiamo distolto lo sguardo, per non vedere; ci siamo rifugiati nel rumore, per non sentire; ci siamo tappati la bocca, per non gridare.

Sempre la stessa tentazione. È più facile e “paga di più” essere amici nella vittoria e nella gloria, nel successo e nell’applauso; è più facile stare vicino a chi è considerato popolare e vincente.

Com’è facile cadere nella cultura del bullismo, delle molestie, e dell’intimidazione, dell’accanimento su chi è debole!

Per Te non è così, Signore: nella croce ti sei identificato con ogni sofferenza, con tutti quelli che si sentono dimenticati.

Per Te non è così, Signore, perché hai voluto abbracciare tutti quelli che tante volte consideriamo indegni di un abbraccio, di una carezza, di una benedizione; o peggio ancora, nemmeno ci accorgiamo che ne hanno bisogno, li ignoriamo.

Per Te non è così, Signore: nella croce ti unisci alla via crucis di ogni giovane, di ogni situazione per trasformarla in via di risurrezione.

Padre, oggi la via crucis di tuo Figlio si prolunga:

si prolunga nel grido soffocato dei bambini ai quali si impedisce di nascere e di tanti altri ai quali si nega il diritto di avere un’infanzia, una famiglia, un’educazione; nei bambini che non possono giocare, cantare, sognare...;

si prolunga nelle donne maltrattate, sfruttate e abbandonate, spogliate e ignorate nella loro dignità;

e negli occhi tristi dei giovani che si vedono strappar via le loro speranze di futuro dalla mancanza di educazione e di un lavoro degno;

si prolunga nell’angoscia di giovani volti, nostri amici, che cadono nelle reti di gente senza scrupoli – tra di loro si trovano anche persone che dicono di servirti, Signore –, reti di sfruttamento, di criminalità e di abuso, che mangiano sulla vita dei giovani.

La via crucis di tuo Figlio si prolunga in tanti giovani e famiglie che, assorbite in una spirale di morte a causa della droga, dell’alcol, della prostituzione e della tratta, si trovano privati non solo del futuro ma del presente. E così come furono spartite le tue vesti, Signore, viene spartita e maltrattata la loro dignità.

La via crucis di tuo Figlio si prolunga nei giovani coi volti accigliati che hanno perso la capacità di sognare, di creare e inventare il domani e “vanno in pensione” con la pena della rassegnazione e del conformismo, una delle droghe più consumate nel nostro tempo.

Si prolunga nel dolore nascosto e che fa indignare di quanti, invece di solidarietà, da parte di una società piena di abbondanza, trovano rifiuto, dolore e miseria, e per di più vengono indicati e trattati come portatori e responsabili di ogni male sociale.

La passione del tuo Figlio si prolunga nella solitudine rassegnata degli anziani, che lasciamo abbandonati e scartati.

Si prolunga nei popoli nativi, spogliati delle loro terre, delle loro radici e della loro cultura, facendo tacere e spegnendo tutta la sapienza che hanno e che ci possono offrire.

Padre, La via crucis di tuo Figlio si prolunga nel grido di nostra madre terra, che è ferita nelle sue viscere dall’inquinamento dell’atmosfera, dalla sterilità dei suoi campi, dalla sporcizia delle sue acque, e che si vede calpestata dal disprezzo e dal consumo impazzito al di là di ogni ragione.

Si prolunga in una società che ha perso la capacità di piangere e di commuoversi di fronte al dolore.

Sì, Padre, Gesù continua a camminare, a farsi carico e a soffrire in tutti questi volti mentre il mondo, indifferente, e in un comodo cinismo consuma il dramma della propria frivolezza.

E noi, Signore, che cosa facciamo?

Come reagiamo di fronte a Gesù che soffre, cammina, emigra nel volto di tanti nostri amici, di tanti sconosciuti che abbiamo imparato a rendere invisibili?

E noi, Padre di misericordia,

consoliamo e accompagniamo il Signore, indifeso e sofferente, nei più piccoli e abbandonati?

Lo aiutiamo a portare il peso della croce, come il Cireneo, facendoci operatori di pace, creatori di alleanze, fermenti di fraternità?

Abbiamo il coraggio di rimanere ai piedi della croce come Maria?

Contempliamo Maria, donna forte. Da Lei vogliamo imparare a rimanere in piedi accanto alla croce. Con la sua stessa decisione e il suo coraggio, senza evasioni o miraggi. Ella seppe accompagnare il dolore di suo Figlio, tuo Figlio, o Padre, sostenerlo con lo sguardo e proteggerlo con il cuore. Dolore che soffrì, ma che non la piegò. È stata la donna forte del “sì”, che sostiene e accompagna, protegge e abbraccia. Ella è la grande custode della speranza.

Anche noi, Padre, desideriamo essere una Chiesa che sostiene e accompagna, che sa dire: sono qui!, nella vita e nelle croci di tanti cristi che camminano al nostro fianco.

Da Maria impariamo a dire “sì” alla resistenza forte e costante di tante madri, tanti padri, nonni, che non smettono di sostenere e accompagnare i loro figli e nipoti quando sono “nei guai”.

Da lei impariamo a dire “sì” alla pazienza testarda e alla creatività di quelli che non si perdono d’animo e ricominciano da capo nelle situazioni in cui sembra che tutto sia perduto, cercando di creare spazi, ambienti familiari, centri di attenzione che siano una mano tesa nella difficoltà.

In Maria impariamo la forza per dire “sì” a quelli che non hanno taciuto e non tacciono di fronte a una cultura del maltrattamento e dell’abuso, del discredito e dell’aggressione, e lavorano per offrire opportunità e condizioni di sicurezza e protezione.

In Maria impariamo ad accogliere e ospitare tutti quelli che hanno sofferto l’abbandono, che hanno dovuto lasciare o perdere la loro terra, le radici, la famiglia, il lavoro.

Padre, come Maria vogliamo essere Chiesa, la Chiesa che favorisce una cultura capace di accogliere, proteggere, promuovere e integrare; che non stigmatizzi e meno ancora generalizzi con la più assurda e irresponsabile condanna di identificare ogni migrante come portatore del male sociale.

Da Lei vogliamo imparare a stare in piedi accanto alla croce, ma non con un cuore blindato e chiuso, ma con un cuore che sappia accompagnare, che conosca la tenerezza e la devozione; che sia esperto di pietà trattando con rispetto, delicatezza e comprensione. Desideriamo essere una Chiesa della memoria che rispetti e valorizzi gli anziani e rivendichi per essi lo spazio che è loro, come custodi delle nostre radici.

Padre, Come Maria vogliamo imparare a stare.

Insegnaci, Signore, a stare ai piedi della croce, ai piedi delle croci; apri questa sera i nostri occhi, il nostro cuore; riscattaci dalla paralisi e dalla confusione, dalla paura e dalla disperazione. Padre, insegnaci a dire: sono qui insieme al tuo Figlio, insieme a Maria e insieme a tanti discepoli amati che desiderano accogliere il tuo Regno nel cuore. Amen.

***

E dopo aver vissuto la Passione del Signore, insieme a Maria ai piedi della croce, andiamo con il cuore silenzioso e in pace, gioioso e con tanta voglia di seguire Gesù. Che Gesù vi accompagni e che la Vergine vi protegga. Arrivederci!

Traduzione in lingua portoghese

Senhor, Pai de misericórdia, nesta Faixa Costeira, juntamente com tantos jovens vindos de todo o mundo, acabamos de acompanhar o vosso Filho no caminho da cruz; caminho esse, que Ele quis percorrer por nós, para nos mostrar quanto Vós nos amais e como estais envolvido na nossa vida.

O caminho de Jesus para o Calvário é um caminho de sofrimento e solidão que continua nos nossos dias. Ele caminha e sofre em tantos rostos que padecem a indiferença satisfeita e anestesiante da nossa sociedade, sociedade que consome e que se consome, que ignora e se ignora na dor dos seus irmãos.

Também nós, vossos amigos, Senhor, nos deixamos levar pela apatia e o imobilismo. Tantas vezes nos derrotou e paralisou o conformismo. Foi difícil reconhecer-Vos no irmão sofredor: desviamos o olhar, para não ver; refugiamo-nos no barulho, para não ouvir; tapamos a boca, para não gritar.

Sempre a mesma tentação. É mais fácil e «remunerador» ser amigo nas vitórias e na glória, no sucesso e no aplauso; é mais fácil estar próximo a quem é considerado popular e vencedor.

Como é fácil cair na cultura do bullying, do assédio, da intimidação, do encarniçamento sobre quem é fraco!

Para Vós, Senhor, não é assim! Na cruz, identificastes-Vos com todo o sofrimento, com quem se sente esquecido.

Para Vós, Senhor, não é assim, porque quisestes abraçar todos aqueles que muitas vezes consideramos não dignos de um abraço, uma carícia, uma bênção; ou, pior ainda, nem nos damos conta de que precisam disso, ignoramo-los.

Para Vós, Senhor, não é assim! Na cruz, unistes-Vos à via-sacra de cada jovem, de cada situação para a transformar numa via de ressurreição.

Pai, hoje a via-sacra do vosso Filho…

prolonga-se no grito sufocado das crianças impedidas de nascer e de tantas outras a quem se nega o direito de ter uma infância, uma família, uma instrução; nas crianças que não podem jogar, cantar, sonhar;

prolonga-se nas mulheres maltratadas, exploradas e abandonadas, despojadas e ignoradas na sua dignidade;

e nos olhos tristes dos jovens que veem ser arrebatadas as suas esperanças de futuro por falta de instrução e trabalho digno;

prolonga-se na angústia de rostos jovens, nossos amigos, que caem nas redes de pessoas sem escrúpulos – entre elas, encontram-se também pessoas que dizem servir-Vos, Senhor –, redes de exploração, criminalidade e abuso, que se alimentam das suas vidas.

A via-sacra do vosso Filho prolonga-se em tantos jovens e famílias que, absorvidos numa espiral de morte por causa da droga, do álcool, da prostituição e do tráfico humano, ficam privados não só do futuro, mas também do presente. E, assim como repartiram as vossas vestes, Senhor, acaba repartida, maltratada a sua dignidade.

A via-sacra do vosso Filho prolonga-se nos jovens com rostos franzidos que perderam a capacidade de sonhar, criar e inventar o amanhã e «passam à aposentação» com o dissabor da resignação e do conformismo, uma das drogas mais consumidas no nosso tempo.

Prolonga-se na dor escondida e indignada de quantos, em vez de solidariedade por parte duma sociedade repleta de abundância, encontram rejeição, sofrimento e miséria, e além disso acabam assinalados e tratados como portadores e responsáveis de todo o mal social.

A paixão do vosso Filho prolonga-se na solidão resignada dos idosos, que deixamos abandonados e descartados.

Prolonga-se nos povos nativos, despojados das suas terras, das suas raízes e da sua cultura, silenciando e apagando toda a sabedoria que têm e nos podem oferecer.

Pai, a via-sacra do vosso Filho prolonga-se no grito da nossa mãe Terra, que é ferida nas suas entranhas pela contaminação da atmosfera, a esterilidade dos seus campos, o lixo das suas águas, e se vê espezinhada pelo desprezo e o consumo enlouquecido que ignora razões.

Prolonga-se numa sociedade que perdeu a capacidade de chorar e comover-se à vista do sofrimento.

Sim, Pai! Jesus continua a caminhar, carregar e padecer em todos estes rostos enquanto o mundo, indiferente e num cómodo cinismo, consuma o drama da sua própria frivolidade.

E nós, Senhor, que fazemos?

Como reagimos à vista de Jesus que sofre, caminha, emigra no rosto de tantos amigos nossos, de tantos desconhecidos que aprendemos a tornar invisíveis?

E nós, Pai de misericórdia…

consolamos e acompanhamos o Senhor, inerme e sofredor, nos mais pequenos e abandonados?

ajudamo-Lo a carregar o peso da cruz, como o Cireneu, fazendo-nos operadores de paz, criadores de alianças, fermento de fraternidade?

Temos a coragem de permanecer ao pé da cruz, como Maria?

Contemplemos Maria, mulher forte. D’Ela, queremos aprender a ficar de pé junto da cruz. Com a sua mesma decisão e coragem, sem evasões nem miragens. Ela soube acompanhar o sofrimento de seu Filho, vosso Filho, ó Pai, apoiá-Lo com o olhar e protegê-Lo com o coração. Que dor sofreu! Mas não A abateu. Foi a mulher forte do «sim», que apoia e acompanha, protege e abraça. É a grande guardiã da esperança.

Pai, também nós queremos ser uma Igreja que apoia e acompanha, que sabe dizer: estou aqui, na vida e nas cruzes de tantos cristos que caminham ao nosso lado.

De Maria, aprendemos a dizer «sim» à resistência forte e constante de tantas mães, tantos pais, avós que não cessam de apoiar e acompanhar os seus filhos e netos quando estão com problemas.

D’Ela, aprendemos a dizer «sim» à paciência obstinada e à criatividade daqueles que não desanimam e recomeçam do princípio nas situações em que tudo parece estar perdido, procurando criar espaços, ambientes familiares, centros de atenção que sejam uma mão estendida nas dificuldades.

Em Maria, aprendemos a força para dizer «sim» àqueles que não se calaram nem calam perante uma cultura dos maus-tratos e abuso, do descrédito e agressão, e trabalham para proporcionar oportunidades e condições de segurança e proteção.

Em Maria, aprendemos a acolher e hospedar todos aqueles que foram abandonados, que tiveram de sair ou perder a sua terra, as raízes, a família, o emprego.

Pai, como Maria, queremos ser Igreja, a Igreja que favoreça uma cultura que saiba acolher, proteger, promover e integrar; que não estigmatize e, menos ainda, generalize com a condenação mais absurda e irresponsável que é ver todo o migrante como portador do mal social.

D’Ela, queremos aprender a estar de pé junto da cruz, não com um coração blindado e fechado, mas com um coração que saiba acompanhar, que conheça a ternura e o devotamento; que se entenda de compaixão para tratar com respeito, delicadeza e compreensão. Queremos ser uma Igreja da memória, que respeite e valorize os idosos e reclame para eles o lugar que lhes é devido, como guardiões das nossas raízes.

Pai, como Maria, queremos aprender a «estar».

Ensinai-nos, Senhor, a estar ao pé da cruz, ao pé das cruzes; despertai nesta noite os nossos olhos, o nosso coração; resgatai-nos da paralisia e da confusão, do medo e do desespero. Pai, ensinai-nos a dizer: estou aqui juntamente com o vosso Filho, juntamente com Maria e juntamente com tantos discípulos amados que desejam acolher o vosso Reino no coração. Amen.

***

E, depois de termos vivido a Paixão do Senhor, juntamente com Maria ao pé da cruz, partimos com o coração silencioso e em paz, feliz e com uma vontade imensa de seguir Jesus. Que Jesus vos acompanhe e a Virgem vos proteja. Até à próxima!

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html - 25 gennaio 2019