Alle ore 12.15 di questa mattina, nella Sala Clementina del Palazzo Apostolico, il Santo Padre Francesco ha ricevuto in Udienza la Comunità del Pontificio Collegio Pio Latino Americano in occasione del 160.mo anniversario dalla sua fondazione.
Pubblichiamo di seguito il discorso che il Papa ha rivolto ai presenti all’incontro:
Discorso del Santo Padre
Me alegra poder encontrarme con ustedes y sumarme a la acción de gracias por los 160 años de vida del Pontificio Colegio Pío Latinoamericano. Gracias al rector, P. Gilberto Freire, S.J., por sus palabras en nombre de toda la comunidad sacerdotal y de los colaboradores laicos que hacen posible, con su trabajo cotidiano, la vida de hogar.
La particularidad quizá más notoria de vuestro Colegio es su ser latinoamericano. Es de los pocos Colegios romanos que su identidad no se refiere a una Nación o carisma, sino que busca ser el lugar de encuentro, en Roma, de nuestra tierra latinoamericana —la Patria Grande como gustaban soñar nuestros próceres—. Y así fue soñado el Colegio y así es querido por sus obispos que priorizan esta casa brindándoles a ustedes, jóvenes sacerdotes, la oportunidad de gestar una mirada, una reflexión y una experiencia de comunión expresamente “latinoamericanizada”.
Uno de los fenómenos que actualmente golpea con fuerza al continente es la fragmentación cultural, la polarización del entramado social y la pérdida de raíces. Esto se agudiza cuando se fomentan discursos que dividen y propagan distintos tipos de enfrentamientos y odios hacia quienes “no son de los nuestros”, inclusive importando modelos culturales que poco o nada tienen que ver con nuestra historia e identidad y que, lejos de mestizarse en nuevas síntesis como en el pasado, terminan desarraigando a nuestras culturas de sus más ricas y autóctonas tradiciones. ¡Nuevas generaciones desarraigadas y fragmentadas! La Iglesia no es ajena a la situación y está expuesta a esta tentación; sometida al mismo ambiente corre el riesgo de desorientarse al quedar presa de una u otra polarización o desarraigada si se olvida su vocación a ser tierra de encuentro.[1] También en la Iglesia se sufre la invasión de las colonizaciones ideológicas.
De ahí la importancia de este tiempo en Roma y especialmente en el Colegio: poder crear lazos y alianzas de amistad y fraternidad. Y esto no por una declaración de principios o gestos de buena voluntad sino porque durante estos años puedan aprender a conocer mejor y hacer suyas las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de sus hermanos; puedan ponerles nombre y rostro a situaciones concretas que viven y enfrentan nuestros pueblos y sentir como propios los problemas del vecino.
El “Pío” puede ayudar mucho a crear una comunidad sacerdotal abierta y creativa, alegre y esperanzadora, si sabe ayudarse y socorrerse, si es capaz de enraizarse en la vida de los otros, hermanos hijos de una historia y patrimonio común, parte de un mismo presbiterio y pueblo latinoamericano. Una comunidad sacerdotal que descubre que la mayor fortaleza con la que cuenta para construir la historia nace de la solidaridad concreta entre ustedes hoy, y seguirá mañana entre vuestras Iglesias y pueblos para ser capaces de trascender lo meramente “parroquial” y liderar comunidades que sepan abrirse a otros para entretejer y curar la esperanza (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228).
Nuestro continente, marcado por viejas y nuevas heridas necesita artesanos de relación y de comunión, abiertos y confiados en la novedad que el Reino de Dios puede suscitar hoy. Y eso ustedes pueden empezar a gestarlo desde ya. Un cura en su parroquia, en su diócesis puede hacer mucho —y está bien— pero también corre el riesgo de quemarse, aislarse o cosechar para sí. Sentirse parte de una comunidad sacerdotal, en la que todos son importantes —no por ser la sumatoria de personas que viven juntas, sino por las relaciones que crean, este sentirse parte de esta comunidad— logra despertar y animar procesos y dinámicas capaces de trascender el tiempo.[2]
Este sentido de pertenencia y reconocimiento ayudará a desatar y estimular creativamente renovadas energías misioneras que impulsen un humanismo evangélico capaz de convertirse en inteligencia y fuerza propulsora en nuestro continente. Sin este sentido de pertenencia y de trabajo codo a codo, por el contrario, nos dispersaremos, nos debilitaremos y lo que sería peor, privaremos a tantos hermanos nuestros de la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo y de una comunidad de fe que dé horizonte de sentido y vida (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49). Y así, poco a poco, y casi sin darnos cuenta, terminaremos por ofrecer a América Latina un «Dios sin Iglesia, una Iglesia sin Cristo, un Cristo sin pueblo» (Homilía en la Misa de Santa Marta, 11 noviembre 2016) o, si queremos decirlo de otro modo, un Dios sin Cristo, un Cristo sin Iglesia, una Iglesia sin pueblo... puro gnosticismo reelaborado.
Nuestro continente ha logrado plasmar en su tradición y en su memoria una realidad: el amor a Cristo y de Cristo no puede manifestarse sino en pasión por la vida y por el destino de nuestros pueblos y en especial solidaridad con los más pobres, sufrientes y necesitados.[3]
Esto nos recuerda la importancia, queridos hermanos, que para ser evangelizadores con alma y de alma, para que nuestra vida sea fecunda y se renueve con el pasar del tiempo, es necesario desarrollar el gusto de estar siempre cerca de la vida de nuestra gente; nunca aislarnos de ellos. La vida del presbítero diocesano vive —valga la redundancia— de esta identificación y pertenencia. La misión es pasión por Jesús, pero, al mismo tiempo, es pasión por su pueblo. Es aprender a mirar donde él mira y a dejarnos conmover por lo mismo que él se conmueve: sentimientos entrañables por la vida de sus hermanos, especialmente de los pecadores y de todos los que andan abatidos y fatigados como ovejas sin pastor (cf. Mt 9,36). Por favor, nunca acurrucarse en cobertizos personales o comunitarios que nos alejen de los nudos donde se escribe la historia. Cautivados por Jesús y miembros de su Cuerpo integrarnos a fondo en la sociedad, compartir la vida con todos, escuchar sus inquietudes… alegrarnos con los que están alegres, llorar con los que lloran y ofrecer cada eucaristía por todos esos rostros que nos fueron confiados (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 269-270).
De ahí que encuentre providencial poder unir este aniversario con la canonización de san Óscar Romero, exalumno de vuestra institución y signo vivo de la fecundidad y santidad de la Iglesia Latinoamericana. Un hombre enraizado en la Palabra de Dios y en el corazón de su pueblo. Esta realidad nos permite tomar contacto con esa larga cadena de testigos en la que se nos invita a enraizarnos e inspirarnos cada día, especialmente en este tiempo que ustedes están “fuera de casa”. No le tengan miedo a la santidad, no le tengan miedo a gastar la vida por su gente.
En el camino de mestizaje cultural y pastoral no estamos huérfanos; nuestra Madre nos acompaña. Ella quiso mostrarse así, mestiza y fecunda, y así está junto a nosotros, Madre de ternura y fortaleza que nos rescata de la parálisis o la confusión del miedo porque simplemente está allí, es Madre.
Hermanos sacerdotes: No la olvidemos y, confiadamente, pidámosle que nos enseñe el camino, que nos libre de la perversión del clericalismo, nos haga cada día más “pastores de pueblo” y no permita que nos convirtamos en “clérigos de Estado”.
Una última palabra para la Compañía de Jesús –la presencia de su General y los jesuitas que están aquí– que desde los inicios acompaña el caminar de esta casa. Gracias por su labor y tarea.
Una de las notas distintivas del carisma de la Compañía es la de buscar armonizar las contradicciones sin caer en reduccionismos. Así lo quiso san Ignacio al pensar en los jesuitas como hombres contemplativos y de acción, hombres de discernimiento y de obediencia, comprometidos en lo cotidiano y libres para partir.[4] La misión que la Iglesia pone en vuestras manos les pide sabiduría y dedicación para que el tiempo que los muchachos estén en la casa puedan nutrirse de este don de la Compañía, aprendiendo a armonizar las contradicciones que la vida les presenta y les presentará sin caer en reduccionismos, ganando en espíritu de discernimiento y libertad. Enseñar a abrazar los problemas y conflictos sin miedo; a manejar el disenso y la confrontación. Enseñar a develar todo tipo de discurso “correcto” pero reduccionista, es tarea crucial de quienes acompañan a sus hermanos en la formación. Ayúdenlos a descubrir el arte y gusto del discernimiento como modo de proceder para encontrar, en medio de las dificultades, los caminos del Espíritu gustando y sintiendo internamente al Deus semper maior. Sean maestros de grandes horizontes y, a la vez, enseñen a hacerse cargo de lo pequeño, a abrazar a los pobres, a los enfermos y a asumir lo concreto del día a día. Non coereceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est.
Nuevamente gracias por permitirme celebrar con ustedes los primeros 160 años de camino. Al saludarlos quiero saludar también a vuestras comunidades, vuestros pueblos, vuestras familias. Y, por favor, no se olviden de rezar y hacer rezar por mí.
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[1] Cf. S. Óscar Romero, IV Carta Pastoral – Misión de la Iglesia en medio de la crisis del País (6 agosto 1979), 23.
[2] Viene bien recordar que «más vale ser dos que uno. […] Si uno cae, el otro lo levanta, pero ¡pobre del que cae estando solo, sin que otro pueda levantarlo!» (Qo 4,9-10).
[3] Cf. Guzmán Carriquiry, Recapitulando los 50 años del CELAM, en camino hacia la V Conferencia, 31.
[4] Cf. J.M. Bergoglio, Meditaciones para religiosos, 93-94.
© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html 15 novembre 2018
Alla comunità del pontificio collegio Pio Latinoamericano, ricevuta nella Sala Clementina la mattina di giovedì 15 novembre in occasione del 160° anniversario di fondazione, Papa Francesco ha ricordato l’importanza di custodire le radici e, richiamando l’esempio di sant’Óscar Romero, ha invitato i giovani sacerdoti a guardarsi dalla «perversione del clericalismo» e a essere ogni giorno di più «pastori di popolo» e non «chierici di Stato». Di seguito una nostra traduzione del discorso pronunciato dal Pontefice in spagnolo.
Sono lieto di potervi incontrare e di unirmi all’azione di grazie per i 160 anni di vita del Pontificio Collegio Pio Latinoamericano. Grazie al rettore, il padre gesuita Gilberto Freire, per le sue parole a nome di tutta la comunità sacerdotale e dei collaboratori laici che rendono possibile, con il loro lavoro quotidiano, la vita di famiglia. La particolarità forse più nota del vostro collegio è il suo essere latinoamericano. È uno dei pochi collegi romani che, con la sua identità, non si riferisce a una nazione o a un carisma, ma cerca di essere il luogo d’incontro, a Roma, della nostra terra latinoamericana, la Patria Grande, come ai nostri padri della patria piaceva sognarla. E così fu sognato il Collegio e così è voluto dai suoi vescovi che privilegiano questa casa offrendo a voi, giovani sacerdoti, l’opportunità di sviluppare una visione, una riflessione e un’esperienza di comunione espressamente “latinoamericanizzata”. Tra i fenomeni che attualmente colpiscono con forza il continente ci sono la frammentazione culturale, la polarizzazione del tessuto sociale e la perdita di radici. Ciò si acuisce quando si fomentano discorsi che dividono e diffondono vari tipi di scontri e odi verso quanti “non sono dei nostri”, persino importando modelli culturali che poco o nulla hanno a che vedere con la nostra storia ed identità e che, lungi dal meticciarsi in nuove sintesi come in passato, finiscono con lo sradicare le nostre culture dalle loro tradizioni più ricche e autoctone. Nuove generazioni sradicate e frammentate! La Chiesa non è estranea alla situazione ed è esposta a questa tentazione; sottoposta allo stesso clima, corre il rischio di smarrirsi, rimanendo prigioniera di questa o quella polarizzazione o sradicata, se si dimentica della sua vocazione a essere terra d’incontro (cfr. sant’Óscar Romero, IV Carta Pastoral – Misión de la Iglesia en medio de la crisis del País , 6 agosto 1979, n. 23). Anche nella Chiesa si subisce l’invasione delle colonizzazioni ideologiche. Da qui l’importanza di questo tempo a Roma e soprattutto nel Collegio: per poter creare vincoli e alleanze di amicizia e di fraternità .E ciò non attraverso una dichiarazione di principii o gesti di buona volontà, ma affinché in questi anni possiate imparare a conoscere meglio e a fare vostre le gioie e le speranze, le tristezze e le angosce dei vostri fratelli; possiate dare un nome e un volto a situazioni concrete che i nostri popoli vivono e affrontano e sentire come vostri i problemi di chi vi sta accanto. Il “Pio” può aiutare molto a creare una comunità sacerdotale aperta e creativa, gioiosa e piena di speranza, se sa aiutarsi e soccorrersi, se è capace di radicarsi nella vita degli altri, fratelli figli di una storia e di un patrimonio comuni, parte di uno stesso presbiterio e popolo latinoamericano. Una comunità sacerdotale che scopre che la forza più grande di cui dispone per costruire la storia nasce dalla solidarietà concreta tra voi oggi, e continuerà domani tra le vostre Chiese e i vostri popoli per essere capaci di trascendere l’ambito puramente “parro cchiale” e guidare comunità che sappiano aprirsi agli altri per tessere e curare la speranza (cfr. Esortazione apostolica Evangelii gaudium , n. 228). Il nostro continente, segnato da vecchie e nuove ferite, ha bisogno di artigiani di relazione e di comunione, aperti e che confidino nella novità che il Regno di Dio può suscitare oggi. E questo voi potete cominciare a svilupparlo fin da ora. Un parroco nella sua parrocchia, nella sua diocesi, può fare molto — e va bene — ma corre anche il rischio di bruciarsi, di isolarsi e raccogliere per sé. Sentirsi parte di una comunità sacerdotale, in cui tutti sono importanti — non per essere la sommatoria di persone che vivono insieme, ma per le relazioni che si creano, il sentirsi parte di questa comunità — riesce a risvegliare e promuovere processi e dinamiche capaci di trascendere il tempo (è bene ricordare che “meglio essere in due che uno solo [...] Se cadono, l’uno rialza l’a l t ro . Guai invece a chi è solo: se cade, non ha nessuno che lo rialzi” ( Qo 4, 9-10). Questo senso di appartenenza e di riconoscimento aiuterà a liberare e stimolare creativamente nuove energie missionarie che diano impulso a un umanesimo evangelico capace di trasformarsi in intelligenza e forza propulsiva nel nostro continente. Senza questo senso di appartenenza e di lavoro fianco a fianco, al contrario, ci disperdiamo, ci debilitiamo e, fatto ancor peggiore, priveremo tanti nostri fratelli della forza, della luce e della consolazione dell’amicizia con Gesù Cristo e di una comunità di fede che dia orizzonte di senso e di vita (cfr. Esortazione apostolica Evangelii gaudium , n. 49). E così, poco a poco, e quasi senza rendercene conto, finiremo con l’o f f r i re all’America Latina “un Dio senza Chiesa, una Chiesa senza Cristo e un Cristo senza popolo” ( Omelia nella Messa di Santa Marta , 11 novembre 2016) o, se vogliamo dirlo in modo diverso, un Dio senza Cristo, un Cristo senza Chiesa, una Chiesa senza popolo... p u ro gnosticismo rielaborato. Il nostro continente è riuscito a plasmare nella sua tradizione e nella sua memoria una realtà: l’amore per Cristo e di Cristo si può manifestare solo nella passione per la vita e per il destino dei nostri popoli e nella particolare solidarietà con i più poveri, sofferenti e bisognosi (Cfr. Guzmán Carriquiry, Recapitulando los 50 años del CELAM , en camino hacia la V Conf e re n c i a , n. 31). Cari fratelli, questo ci ricorda l’importanza del fatto che per essere evangelizzatori con tutta l’anima, affinché la nostra vita sia feconda e si rinnovi con il passare del tempo, è necessario sviluppare il piacere di stare sempre vicini alla vita della nostra gente; non dobbiamo mai isolarci. La vita del presbitero diocesano vive — consentitemi la ridondanza — di questa identificazione e appartenenza. La missione è passione per Gesù, ma, al tempo stesso, è passione per il suo popolo. È imparare a guardaredovelui guardaealasciarci commuovere da ciò per cui lui si commuove: sentimenti profondi per la vita dei fratelli, specialmente dei peccatori e di tutti quelli che sono stanchi e sfiniti, come pecore senza pastore (cfr. Mt 9, 36). Per favore, mai rannicchiarsi in ripari personali o comunitari, che ci allontanino dai nodi dove si scrive la storia. Affascinati da Gesù e membri del suo Corpo, dobbiamo inserirci a fondo nella società, condividere la vita di tutti, ascoltare le loro preoccupazioni... rallegrarci con coloro che sono nella gioia, piangere con quanti piangono e offrire ogni eucaristia per tutti quei volti che ci sono stati affidati (cfr. Esortazione apostolica Evangelii gaudium , nn. 269270). Trovo perciò provvidenziale poter unire questo anniversario alla canonizzazione di sant’Óscar Romero, ex allievo del vostro istituto e segno vivo della fecondità e della santità della Chiesa Latinoamericana. Un uomo radicato nella Parola di Dio e nel cuore del suo popolo. Questa realtà ci permette di entrare in contatto con quella lunga catena di testimoni nella quale siamo invitati a radicarci e a ispirarci ogni giorno, specialmente in questo tempo in cui siete “fuori casa”. Non abbiate paura della santità, non abbiate paura di consumare la vita per la vostra gente. Nel cammino di meticciato culturale e pastorale non siamo orfani; la nostra Madre ci accompagna. Lei ha voluto mostrarsi così, meticcia e feconda, e così sta accanto a noi, Madre di tenerezza e di forza che ci riscatta dalla paralisi o dalla confusione della paura perché sta semplicemente lì, è Madre. Fratelli sacerdoti, non la dimenticate e, con fiducia, chiediamole di indicarci il cammino, di liberarci dalla perversione del clericalismo, di renderci ogni giorno di più “pastori di popolo” e di non permettere che diventiamo “chierici di Stato”. Un’ultima parola per la Compagnia di Gesù — in presenza del suo Generale e dei gesuiti che sono qui — che fin dall’inizio ha accompagnato il cammino di questa casa. Grazie per il vostro lavoro e per il vostro compito. Una delle note distintive del carisma della Compagnia è di cercare di armonizzare le contraddizioni senza cadere in riduzionismi. Così volle sant’Ignazio quando pensò ai gesuiti come uomini di contemplazione e di azione, uomini di discernimento e di obbedienza, impegnati nel quotidiano e liberi per partire (cfr. Jorge Mario Bergoglio, Meditaciones para religiosos , nn. 9394). La missione che la Chiesa mette nelle vostre mani esige da voi saggezza e dedizione affinché, nel tempo in cui sono nella casa, i ragazzi possano nutrirsi di questo dono della Compagnia, imparando ad armonizzare le contraddizioni che la vita presenta e presenterà loro, senza cadere in riduzionismi, guadagnando in spirito di discernimento e libertà. Insegnare ad affrontare i problemi e i conflitti senza paura, a gestire il dissenso e il confronto; insegnare a svelare ogni tipo di discorso “c o r re t t o ”ma riduzionista, è compito cruciale di quanti accompagnano i fratelli nella formazione. Aiutateli a scoprire l’arte e il piacere del discernimento come modo di procedere per trovare, in mezzo alle difficoltà, le vie dello Spirito, gustando e sentendo internamente il Deus semper maior . Siate maestri di grandi orizzonti e, al tempo stesso, insegnate a farsi carico di ciò che è piccolo, ad abbracciare i poveri, i malati, e ad accettare gli aspetti concreti della vita di tutti i giorni. Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimo divinum est . Ancora grazie per avermi permesso di celebrare con voi i primi 160 anni di cammino. Nel congedarmi, desidero salutare anche le vostre comunità, i vostri popoli e le vostre famiglie. E, per favore, non vi dimenticate di pregare e far pregare per me.
© Osservatore Romano 16 novembre 2018