Home

Liturgia

Formazione

Rassegna stampa

Search

Risorse

Sostienici

Catechesi Santo Padre
ai piedi di Cristo
1. Es necesario que él crezca…
2. Y que yo disminuya.
(Al final el aparato de las Notas) 
    El pasado 8 de abril, domingo de la Misericordia les envié una carta convocándolos a Roma para dialogar sobre las conclusiones de la visita realizada por la “Misión especial” que tenía como cometido ayudar a encontrar luz para tratar adecuadamente una herida abierta, dolorosa y compleja que desde hace mucho tiempo no deja de sangrar en la vida de tantas personas, y por tanto, en la vida del Pueblo de Dios.   
Una herida tratada hasta ahora con una medicina que, lejos de curar parece haberla ahondado más en su espesura y dolor. Debemos reconocer que se realizaron diversas acciones para tratar de reparar el daño y el sufrimiento ocasionados, pero tenemos que ser conscientes que el camino seguido no ha servido de mucho para sanar y curar. Quizás por querer dar vuelta la página demasiado rápido y no asumir las insondables ramificaciones de este mal; o porque no se tuvo el coraje para afrontar las responsabilidades, las omisiones, y especialmente las dinámicas que han permitido que las heridas se hicieran y se perpetuaran en el tiempo; quizá por no tener el temple para asumir como cuerpo esa realidad en la que todos estamos implicados, yo el primero, y que nadie puede eximirse desplazando el problema sobre las espaldas de los otros; o porque se pensó que se podía seguir adelante sin reconocer humilde y valientemente que en todo el proceso se habían cometido errores.
    En este sentido, escuchando el parecer de varias personas y constatando la persistencia de la herida, formé una comisión especial para que, con gran libertad de espíritu, de modo jurídico y técnico pudiese brindar un diagnóstico lo más independiente posible y ofrecer una mirada limpia sobre los acontecimientos pasados y sobre el estado actual de la situación.
    Este tiempo que se nos ofrece es tiempo de gracia. Tiempo para poder, bajo el impulso del Espíritu Santo y en clima de colegialidad, dar los pasos necesarios para generar la conversión a la que el mismo espíritu nos quiere llevar. Necesitamos un cambio, lo sabemos, lo necesitamos y anhelamos. No solo se lo debemos a nuestras comunidades y a tantas personas que han sufrido y sufren en su carne, los dolores provocados, sino que pertenece a la misión y a la identidad misma de la Iglesia el espíritu de conversión. Dejemos que este tiempo sea tiempo de conversión.
    “Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn.3,30). Con estas palabras el último de los grandes profetas, Juan el Bautista, hablaba a sus discípulos cuando, escandalizados, le hacían ver que había alguien que hacía lo mismo que él. Juan consciente de su identidad y misión –él no era el Mesías, pero había sido enviado antes que él (vv.28)- no vaciló en darles una respuesta clara y sin ningún tipo de ambigüedad.
    Con este trasfondo de profecía e inspirado en las palabras de este profeta me gustaría dar el “puntapié inicial” para la reflexión fraterna con ustedes durante estos días.
    1. Es necesario que él crezca…
    Quizás no haya mayor alegría para el creyente que compartir, testimoniar y hacer visible a Jesús y a su Reino. El encuentro con el Resucitado transforma la vida y hace que la fe se vuelva alegremente contagiosa. Es la semilla del Reino de los Cielos que espontáneamente tiende a compartirse, a multiplicarse y que, como a Andrés, nos lleva a correr hacia nuestros hermanos y decir: “hemos encontrado al Mesías (Jn. 1,41). Un Mesías que siempre nos abre horizontes de vida y esperanza. El discípulo se deja lanzar hacia esta aventura por la acción del Espíritu para hacer crecer y esparcir la vida nueva que Jesús nos ofrece. Esta acción no la podemos identificar nunca con proselitismo o conquista de espacios, sino como la invitación alegre a la vida nueva que Jesús nos regala. “Es necesario que Él crezca” es lo que palpita en el corazón del discípulo porque experimentó que Jesucristo es oferta de vida buena. Sólo Él es capaz de salvar.
    La Iglesia en Chile sabe de esto. La historia nos dice que supo ser madre que engendró a muchos en la fe, predicó la vida nueva del Evangelio y luchó por esta cuando se veía amenazada. Una Iglesia que supo dar “pelea” cuando la dignidad de sus hijos no era respetada o simplemente ninguneada. Lejos de ponerse ella en el centro, buscando ser el centro, supo ser la Iglesia que puso al centro lo importante. En momentos oscuros de la vida de su pueblo, la Iglesia en Chile tuvo la valentía profética no sólo de levantar la voz, sino también de convocar para crear espacios en defensa de hombres y mujeres por quienes el Señor le había encomendado velar; bien sabía que no se podía proclamar el mandato nuevo del amor sin promover mediante la justicia y la paz el verdadero crecimiento de cada persona (1). Así podemos hablar de Iglesia profética que sabe ofrecer y engendrar la vida buena que el Señor nos ofrece.
    Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de promover una acción evangelizadora que mira al Maestro con la ternura de Teresa de Los Andes y afirmar: “¿Temes acercarte a él? Míralo en medio de su rebaño fiel, cargando sobre sus hombros a la oveja infiel. Míralo sobre la tumba de Lázaro. Y oye lo que dice Magdalena: mucho se le ha perdonado, porque ha amado mucho. ¿Qué descubres en estos rasgos del Evangelio sino un corazón dulce, tierno, compasivo, un corazón en fin de un Dios?” (2).
    Una Iglesia profética que sabe poner Jesús en el centro es capaz de hacer fiesta por la alegría que el Evangelio provoca. Como señalé en Iquique, pero que bien podemos extender a tantos lugares del norte al sur de Chile, la piedad popular es una de las riquezas más grandes que el pueblo de Dios ha sabido cultivar. Con sus fiestas patronales, con sus bailes religiosos –que se prolongan hasta por semanas- con su música y vestidos logran convertir a tantas zonas en santuarios de piedad popular. Porque no son fiestas que quedan encerradas dentro del templo, sino que logran vestir a todo el pueblo de fiesta (3). Y así se queda un entretejido capaz de celebrar alegre y esperanzadamente la presencia de Dios en medio de su pueblo. En los santuarios aprendemos a hacer una Iglesia de cercanías, de escucha, que sabe sentir y compartir una vida tal cual se presenta. Una Iglesia que aprendió que la fe sólo se transmite en dialecto y así celebra cantando y danzando “la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante de Dios” (4).
    Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de engendrar en la santidad a un hombre que supo proclamar con su vida: “Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes, en la persona de tantos niños que no tienen a quien llamar “padre”, que carecen hace muchos años del beso de la madre sobre su frente… ¡Cristo no
    tiene hogar! ¿No queremos dárselo nosotros?… “Lo que hagan al más pequeño de mis hermanos, me lo hacen a Mí‟, ha dicho Jesús” (5); ya que “si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse” (6).
    Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de convocar para generar espacios que acompañen y defiendan la vida de los diferentes pueblos que conforman su vasto territorio, reconociendo una riqueza multicultural y étnica sin igual por la que es necesario velar. A modo de ejemplo señalo las iniciativas promovidas especialmente por los obispos del sur de Chile durante la década del 60-70 impulsando los mecanismos necesarios para que el Pueblo Mapuche pudiera vivir en plenitud el arte del buen vivir –del que tanto tenemos que aprender-. Acciones fuertes que generaron estructuras en favor de la defensa de la vida invitando al protagonismo responsable de una fe encarnada, transformadora; esa fe que sabe hacer vida la llamada del Concilio que nos recuerda que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (7).
    Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro con sinceridad es capaz –como supo mostrarnos uno de Vuestros pastores- de “confesar que, en nuestra historia personal, y en la historia de nuestro Chile, ha habido injusticia, mentira, odio, culpa, indiferencia. [Y los invitaba a ser] sinceros, humildes y decir al Señor: ¡hemos pecado contra ti! Pecar contra nuestro hermano, el hombre y la mujer, es pecar contra Cristo, que murió y resucitó por todos los hombres. ¡Seamos sinceros, humildes!: ¡Pequé Señor contra ti! ¡No obedecí a tu evangelio!” (8). La conciencia consciente de sus límites y pecados la hace vivir alerta ante la tentación de suplantar a su Señor.
    Y así podríamos seguir enumerando muchos fermentos vivos de Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro. Pero la invitación más grande y fecundamente vital –como lo he querido subrayar en la reciente Exhortación Apostólica recordando a Edith Stein- nace de la confianza y convicción que: “en la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos; sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisiones de nuestra vida personal, es algo que sólo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado” (9). El Santo pueblo fiel de Dios, desde su silencio cotidiano, de muchas formas y maneras sigue haciendo visible y testimonia con “testaruda” esperanza que el Señor no abandona, que sostiene la entrega constante y, en tantas situaciones sufriente de sus hijos. El Santo y Paciente Pueblo fiel de Dios sostenido y vivificado por el Espíritu Santo es el mejor rostro de la Iglesia profética que sabe poner al centro a su Señor en la entrega cotidiana (10). Nuestra actitud como pastores es aprender a confiar en esta realidad eclesial y a reverenciar y reconocer que en un pueblo sencillo, que confiesa su fe en Jesucristo, ama a la Virgen, se gana la vida con el trabajo, (tantas veces mal pagado), bautiza a sus hijos y entierra a sus muertos; en ese pueblo fiel que se sabe pecador pero no se cansa de pedir perdón porque cree en la misericordia del Padre, en ese pueblo fiel y silencioso reside el sistema inmunitario de la Iglesia.
    2. Y que yo disminuya.
    Duele constatar que, en este último periodo de la historia de la Iglesia chilena, esta inspiración profética perdió fuerza para dar lugar a lo que podríamos denominar una transformación en su centro. No sé qué fue primero, si la pérdida de fuerza profética dio lugar al cambio de centro o el cambio de centro llevó a la pérdida de la profecía que era tan característica en Ustedes. Lo que sí podemos observar es que la Iglesia que era llamada a señalar a Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14,6) se volvió ella misma el centro de atención. Dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma. Concentró en sí la atención y perdió la memoria de su origen y misión (11). Se ensimismó de tal forma que las consecuencias de todo este proceso tuvieron un precio muy elevado: su pecado se volvió el centro de atención. La dolorosa y vergonzosa constatación de abusos sexuales a menores, de abusos de poder y de conciencia por parte de ministros de la Iglesia, así como la forma en que estas situaciones han sido abordadas (12), deja en evidencia este “cambio de centro eclesial”. Lejos de disminuir ella para que apareciesen los signos del Resucitado el pecado eclesial ocupó todo el escenario concentrando en sí la atención y las miradas.
    Es urgente abordar y buscar reparar en el corto, mediano y largo plazo este escándalo para restablecer la justicia y la comunión (13). A su vez creo que, con la misma urgencia, debemos trabajar en otro nivel para discernir cómo generar nuevas dinámicas eclesiales en consonancia con el Evangelio y que nos ayuden a ser mejores discípulos misioneros capaces de recuperar la profecía.
    Esa vida nueva que el Señor nos dona implica recuperar la claridad del Bautista y afirmar sin ambigüedad que el discípulo no es ni será jamás el Mesías. Esto nos lleva a promover una alegre y realista conciencia de nosotros mismos: el discípulo no es más que su Señor. Y por esto mismo, en primer lugar, tenemos que estar atentos a todo tipo o forma de mesianismo que pretenda erguirse como único intérprete de la voluntad de Dios. Muchas veces podemos caer en la tentación de una vivencia eclesial de la autoridad que pretende suplantar las distintas instancias de comunión y participación, o lo que es peor, suplantar la conciencia de los fieles olvidando la enseñanza conciliar que nos recuerda que “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (14). Es clave recuperar una dinámica eclesial capaz de ayudar a los discípulos a discernir el sueño de Dios para sus vidas, sin pretender suplantarlos en tal búsqueda. En los hechos, los falsos mesianismos pretenden cancelar esa elocuente verdad de que la unción del Santo la tiene la totalidad de los fieles (15). Nunca un individuo o un grupo ilustrado puede pretender ser la totalidad del Pueblo de Dios y menos aún creerse la voz auténtica de su interpretación. En este sentido debemos prestar atención a lo que me permito llamar “psicología de elite” que puede traslaparse en nuestra manera de abordar las cuestiones.
    La psicología de elite o elitista termina generando dinámicas de división, separación, ‘círculos cerrados’ que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias en las que, en lugar de evangelizar, lo importante es sentirse especial, diferente de los demás, dejando así en evidencia que ni Jesucristo ni los otros interesan verdaderamente (16). Mesianismo, elitismos, clericalismos, son todos sinónimos de perversión en el ser eclesial; y también sinónimo de perversión es la pérdida de la sana conciencia de sabernos pertenecientes al santo Pueblo fiel de Dios que nos precede y que –gracias a Dios- nos sucederá. No perdamos jamás la conciencia de ese don tan excelso que es nuestro bautismo.
    El reconocimiento sincero, orante e incluso de muchas veces dolorido de nuestros límites es lo que permite a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que le deja espacio para provocar ese bien posible que se integra en una dinámica sincera, comunitaria, y de real crecimiento (17). Esta conciencia de límite y de la parcialidad que ocupamos dentro del pueblo de Dios nos salva de la tentación y pretensión de querer ocupar todos los espacios, y especialmente un lugar que no nos corresponde: el del Señor. Solo Dios es capaz de la totalidad, sólo Él es capaz de la totalidad de un amor exclusivo y no excluyente al mismo tiempo. Nuestra misión es y será siempre misión compartida. Como les dije en el encuentro con el clero en Santiago: “la conciencia de tener llagas nos libera de volvernos autoreferenciales, de creernos superiores. Nos libera de esa tendencia prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus fuerzas y se sienten superiores a otros” (18).
    Por ello, y permítanme la insistencia, urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial evitando cualquier tipo de mesianismo o psicología-espiritualidad de elite. Y, en concreto, por ejemplo, nos hará bien abrirnos más y trabajar conjuntamente con distintas instancias de la sociedad civil para promover una cultura anti-abusos del tipo que fuera.
    Cuando los convoqué a este encuentro los invitaba a pedir al Espíritu el don de la magnanimidad para poder traducir en hechos concretos lo que reflexionemos. Los exhorto a que pidamos con insistencia este don por el bien de la Iglesia en Chile. Recibí con cierta preocupación la actitud con la que algunos de Ustedes, Obispos, han reaccionado ante los acontecimientos presentes y pasados. Una actitud orientada hacia lo que podemos denominar el “episodio Jonás” – en medio de la tormenta era necesario tirar fuera el problema (Jonás 1,4 – 16) (19) – creyendo que la sola remoción de personas solucionaría de por sí los problemas (20). Así pasa al olvido el principio paulino: “si el pie dijera: ‘Como no soy mano, no formo parte del cuerpo’, ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él?” (21). Los problemas que hoy se viven dentro de la comunidad eclesial no se solucionan solamente abordando los casos concretos y reduciéndolos a remoción de personas (22); esto –y lo digo claramente- hay que hacerlo, pero no es suficiente, hay que ir más allá. Sería irresponsable de nuestra parte no ahondar en buscar las raíces y las estructuras que permitieron que estos acontecimientos concretos se sucedieran y perpetuasen.
    Las dolorosas situaciones acontecidas son indicadores de que algo en el cuerpo eclesial está mal. Debemos abordar los casos concretos y a su vez, con la misma intensidad, ir más hondo para descubrir las dinámicas que hicieron posible que tales actitudes y males pudiesen ocurrir (24).
    Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro. Sería grave omisión de nuestra parte no ahondar en las raíces. Es más, creer que sólo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo es una gran falacia. No hay duda que ayudaría y es necesario hacerlo, pero repito, no alcanza (25), ya que este pensamiento nos dispersaría de la responsabilidad y la participación que nos corresponde dentro del cuerpo eclesial. Y allí donde la responsabilidad no es asumida y compartida, el culpable de lo que no funciona o está mal siempre es el otro (26). Por favor, cuidémonos de la tentación de querer salvarnos a nosotros mismos, salvar nuestra reputación (“salvar el pellejo”); que podamos confesar comunitariamente la debilidad y así poder encontrar juntos respuesta humildes, concretas y en comunión con todo el Pueblo de Dios. La gravedad de los sucesos no nos permite volvernos expertos cazadores de “chivos expiatorios”. Todo esto nos exige seriedad y co-responsabilidad para asumir los problemas como síntomas de un todo eclesial que somos invitados a analizar y también nos pide buscar todas las mediaciones necesarias para que nunca más vuelvan a perpetuarse. Sólo podemos lograrlo si lo asumimos como un problema de todos y no como el problema que viven algunos. Solo podremos solucionarlo si lo asumimos colegialmente, en comunión en sinodalidad.
    Hermanos, no estamos aquí porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aquí con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegría. Queremos ser pastores al estilo de Jesús herido, muerto y resucitado. Queremos encontrar en las heridas de nuestro pueblo los signos de la Resurrección. Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, enfermo, en el abusado… (Mt. 25,35) con la conciencia de que ellos tienen la dignidad para sentarse a nuestra mesa, de sentirse “en casa”, entre nosotros, de ser considerados familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación (27). Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir. Renovar la profecía es volver a concentrarnos en lo importante; es contemplar al que traspasaron y escuchar “no está aquí ha resucitado” (Mt. 28,6); es crear las condiciones y las dinámicas eclesiales para que cada persona en la situación que se encuentre pueda descubrir al que vive y nos espera en Galilea.
    Notas
(1) Cfr. BEATO PABLO VI, Evangelii Nuntiandi, 29.
(2) Santa Teresa de Los Andes, diarios y cartas, 373.376.
(3) Cfr. Homilía y saludo final en la Santa Misa de la Virgen del Carmen y Oración por Chile, campus Lobito- Iquique, 18 de enero de 2018.
(4) Evangelii Nuntiandi, 48; CELAM, Pueba, 400.454; CELAM, Aparecida, 99b. 262-265: EG, 122
(5) SAN ALBERTO HURTADO, Cristo no tiene hogar, Meditación en un retiro a señoras el 16 de octubre 1944.
(6) SAN JUAN PABLO II, Novo Millennio ineunte, 49.
(7) CONCILIO VATICANO II, Gadium et Spes, 1.
(8) Cardenal Silva Henríquez, Reconciliación de los chilenos, Homilía al terminar el Año Santo, 24 de noviembre de 1974.
(9) Verborgenes Leben Und Epiphanie: GW XI, 145.
10) Cfr. Gaudete et Exsultate, 6-9.
(11) “Tu fama de extendió entre las naciones, porque tu belleza era perfecta gracias al esplendor con que yo te había adornado –oráculo del Señor-. Pero tú te preciaste de tu hermosura y te aprovechaste de tu fama”. Ez. 16,14-15b.
(12) Es sintomático notar en el informe presentado por la “Misión especial” que todos los declarantes, incluso los miembros del Consejo Nacional para la Prevención del Abuso de Menores de Edad y Acompañamiento de las Víctimas, han señalado la insuficiente atención pastoral prestada hasta el momento a todos los que se han visto envueltos, de un modo u otro, en una causa canónica de delicta graviora.
(13) Cfr. Carta a los señores Obispos de Chile tras el informe de S.E. Mons. Charles J. Scicluna, 8 de abril de 2018.
(14) CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, 16.
(15) Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen Getium, 12.
(16) Cfr. Evangelii Gaudium, 94
(18) Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Santiago de Chile, 16 de enero de 2018.(17) Cfr. Gaudete et Exsultate, 52.
(19) El mismo Jonás se hace cargo de que la tormenta fue provocada por no asumir la misión que le correspondía y que para liberarse de ella debían tirarlo al mar. vv 12: “levántenme y arrójenme al mar y el mar se les calmará. Yo sé muy bien que por mi culpa les ha sobrevenido esta gran tempestad”.
(20) “Muerto el perro se acabó la rabia”. Igualmente se podría hablar del “síndrome Caifás”: conviene que un solo hombre muera por el pueblo.
(21) 1 Cor. 12, 12.
(22) Porque no se trata solamente de un caso en particular. Son numerosas las situaciones de abuso de poder, de autoridad; de abuso sexual. Y eso incluye el tratamiento que hasta ahora se ha venido teniendo de los mismos.
(23) A modo de ejemplo, en el informe presentado por la “Misión especial” muchos de los entrevistados en Sotero Sanz sostienen que parte de la fractura profunda en la comunión eclesial se arrastraría en el clero desde el mismo Seminario, viciando lo que deberían ser las relaciones fraternas presbiterales y haciendo partícipe a los fieles de estas Divisiones y fracturas, que termina por dañar irremediablemente la credibilidad social y el liderazgo eclesial de los presbíteros y de los obispos.
(24) En el informe de la “Misión especial” mis enviados han podido confirmar que algunos religiosos expulsados de su orden a causa de la inmoralidad de su conducta y tras haberse minimizado la absoluta gravedad de sus hechos delictivos atribuyéndolos a simple debilidad o falta moral, habrían sido acogidos en otras diócesis e incluso, en modo más que imprudente, se les habrían confiado cargos diocesanos o parroquiales que implican un contacto cotidiano y directo con menores de edad.
(25) Nuevamente, en ese sentido, me gustaría detenerme en tres situaciones que se desprenden del informe de la “Misión especial”:
    1. La investigación demuestra que existen graves defectos en el modo de gestionar los casos de delicta graviora que corroboran algunos datos preocupantes que comenzaron a saberse en algunos Dicasterios romanos. Especialmente en el modo de recibir las denuncias o notitiae crimini, pues en no pocos casos han sido calificados muy superficialmente como inverosímiles, lo que eran graves indicios de un efectivo delito. Durante la Visita se ha constado también la existencia de presuntos delitos investigados solo a destiempo o incluso nunca investidos, con el consiguiente escandalo para los denunciantes y para todos aquellos que conocían las presuntas víctimas, familias, amigos, comunidades parroquiales. En otros casos, se ha constado la existencia de gravísimas negligencias en la protección de los niños/as y de los niños/as vulnerables por parte de los Obispos y Superiores religiosos, los cuales tienen una especial responsabilidad en la tarea de proteger al pueblo de Dios.
    2. Otras circunstancia análoga que me ha causado perplejidad y vergüenza ha sido la lectura de las declaraciones que certifican presiones ejercidas sobre aquellos que debían llevar adelante la instrucción de los procesos penales o incluso la destrucción de documentos comprometedores por parte de encargados de archivos eclesiásticos, evidenciando así una absoluta falta de respeto por el procedimiento canónico y, más aún, unas prácticas reprobables que deberán ser evitadas en el futuro.
    3. En la misma línea y para poder corroborar que el problema no pertenece a solo un grupo de personas, en el caso de muchos abusadores se detectaron ya graves problemas en ellos en su etapa de formación en el seminario o noviciado. De hecho, constan en las actas de la “Misión especial” graves acusaciones contra algunos Obispos o Superiores que habrían confiado dichas instituciones educativas a sacerdotes sospechosos de homosexualidad activa.
    (26) Eco de esa actitud paradigmática que nos recuerda Gn.3,11-13: “Acaso has comido del árbol que yo te prohibí”. El hombre respondió: “La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él”. El Señor Dios dijo a la mujer: “Cómo hiciste semejante cosa”. La mujer respondió: “La serpiente me sedujo y respondí”. En criollo nos recuerda la actitud del niño que mira a sus padres y dice: “Yo no fui”
(27) Cfr. Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Santiago de Chile, 16 de enero de 2018.




Segue traduzione in Italiano de © www.civiltacattolica.it

Forniamo qui anche una nostra traduzione di un testo dell’allora p. Jorge Mario Bergoglio S.I. sulla «dottrina della tribolazione».

*******

Cari fratelli e sorelle,

Lo scorso 8 aprile ho convocato a Roma i miei fratelli vescovi per cercare insieme strade di verità e di vita, nel breve, medio e lungo termine, davanti a una ferita aperta, dolorosa, complessa, che sta sanguinando da molto tempo[1]. E ho loro suggerito di invitare tutto il Santo Popolo fedele di Dio a mettersi in stato di preghiera affinché lo Spirito Santo ci desse la forza di non cedere alla tentazione di invischiarci in vuoti giochi di parole, in diagnosi sofisticate o in gesti vani, e, invece, ci aiutasse a trovare il coraggio necessario per guardare in faccia il dolore causato, il volto delle sue vittime, la portata degli avvenimenti. Li invitavo a guardare in quale direzione ci spinge lo Spirito Santo, poiché «il chiudere gli occhi di fronte al prossimo rende ciechi anche di fronte a Dio»[2].

Ho ricevuto con gioia e speranza la notizia che sono state molte le comunità, i paesi e le cappelle in cui il Popolo di Dio si è raccolto in preghiera, specie nei giorni in cui eravamo riuniti con i vescovi: il Popolo di Dio in ginocchio che implora il dono dello Spirito Santo per ricevere luce nella Chiesa «ferita a causa del proprio peccato, colmata di misericordia dal suo Signore, e convertita in profetica per vocazione»[3]. Sappiamo che la preghiera non è mai vana e che «nel mezzo dell’oscurità comincia sempre a sbocciare qualcosa di nuovo, che presto o tardi produce un frutto»[4].

1) Quello di fare appello a voi, di chiedervi preghiera, non è stato un atto d’ufficio, e nemmeno un mero gesto di buona volontà. Al contrario, ho voluto inquadrare le cose nel loro preciso e prezioso posto e mettere il tema dove è bene che stia: il Popolo di Dio infatti ha la condizione della «dignità e la libertà dei figli di Dio, nel cuore dei quali dimora lo Spirito Santo come in un tempio»[5]. Il Santo Popolo fedele di Dio è unto con la grazia dello Spirito Santo; pertanto al momento di riflettere, pensare, valutare, discernere, dobbiamo stare molto attenti a questa unzione. Ogni volta che come Chiesa, come pastori, come consacrati, dimentichiamo questa certezza, sbagliamo strada. Ogni volta che cerchiamo di soppiantare, tacitare, annullare, ignorare o ridurre a piccole élite il Popolo di Dio nella sua totalità e nelle sue differenze, costruiamo comunità, piani pastorali, accentuazioni teologiche, spiritualità, strutture senza radici, senza storia, senza volti, senza memoria, senza corpo, in definitiva senza vite. Il fatto stesso di sradicarci dalla vita del Popolo di Dio ci fa precipitare nella desolazione e nella perversione della natura ecclesiale; la lotta contro una cultura dell’abuso richiede che rinnoviamo questa certezza.

Voglio dire in modo speciale a ciascuno quel che ho detto ai giovani a Maipú: «La Santa Madre Chiesa, oggi ha bisogno del Popolo fedele di Dio: che ci interpelliate. […] La Chiesa ha bisogno che voi diventiate maggiorenni, spiritualmente maggiorenni, e abbiate il coraggio di dirci: “Questo mi piace; questa strada mi sembra sia quella da fare; questo non va bene” […]. Diteci quello che sentite, quello che pensate»[6]. Se lo facciamo, riusciremo a coinvolgere tutti noi in una Chiesa di respiro sinodale che sa mettere Gesù al centro.

Nel Popolo di Dio non esistono cristiani di prima, seconda o terza categoria. La loro partecipazione attiva non dipende da concessioni volenterose, ma è invece costitutiva della natura ecclesiale. È impossibile immaginare il futuro senza questa unzione operante in ciascuno di voi che certamente reclama e richiede rinnovate forme di partecipazione. Esorto tutti i cristiani a non avere paura di essere protagonisti della trasformazione che oggi è richiesta e a spingere e promuovere alternative creative nella ricerca quotidiana di una Chiesa che vuole ogni giorno mettere al centro ciò che è importante. Invito tutti gli organismi diocesani – di qualsiasi area – a cercare con coscienza e lucidità spazi di comunione e partecipazione, affinché l’Unzione del Popolo di Dio possa trovare le mediazioni concrete attraverso cui manifestarsi.

Il rinnovamento della gerarchia ecclesiale, di per sé, non genera la trasformazione a cui ci spinge lo Spirito Santo. Ci viene richiesto di promuovere congiuntamente una trasformazione ecclesiale che ci abbracci tutti.

Una Chiesa profetica e, pertanto, capace di dare speranza, richiede a tutti una mistica a occhi aperti, interpellante e non assopita[7]. Non fatevi rubare l’unzione dello Spirito.

2) «Il vento soffia dove vuole e ne senti la voce, ma non sai da dove viene né dove va: così è chiunque è nato dallo Spirito» (Gv 3,8). Così Gesù rispondeva a Nicodemo in quel dialogo tra loro sulla possibilità di nascere di nuovo per entrare nel Regno dei cieli.

In questo momento, alla luce di questo passo, ci fa bene rivedere la nostra storia personale e comunitaria: lo Spirito Santo soffia dove vuole e come vuole al solo fine di aiutarci a nascere di nuovo. Lo Spirito non vuole che ci lasciamo rinchiudere dentro schemi, modalità, strutture fisse o transitorie, non vuole che ci rassegniamo o «abbassiamo la guardia» davanti agli eventi: al contrario, si muove incessantemente per dilatare le visioni ristrette, per fare sognare chi ha perduto la speranza[8], per fare giustizia nella verità e nella carità, per purificare dal peccato e dalla corruzione, e per invitare sempre alla necessaria conversione. Senza questa visione di fede qualsiasi cosa potremmo dire o fare andrebbe a vuoto. Questa certezza è imprescindibile per guardare al presente senza evasività ma con audacia, con coraggio ma saggiamente, con tenacia ma senza violenza, con passione ma senza fanatismo, con costanza ma senza ansietà, e così cambiare tutto quello che oggi può mettere a rischio l’integrità e la dignità di ogni persona; infatti le soluzioni di cui c’è bisogno richiedono che si affrontino i problemi senza farsene irretire, o, peggio ancora, ripetere quegli stessi meccanismi che vogliamo eliminare[9]. Oggi siamo spronati a guardare a viso aperto il conflitto, ad accettare di sopportarlo, per essere in grado di risolverlo e trasformarlo in un anello di collegamento di un nuovo processo[10].

3) In primo luogo, sarebbe ingiusto attribuire questo processo soltanto agli ultimi avvenimenti vissuti. Tutto il processo di revisione e di purificazione che stiamo vivendo è possibile grazie allo sforzo e alla perseveranza di persone concrete che, finanche contro ogni speranza e a rischio del discredito, non si sono stancate di cercare la verità; mi riferisco alle vittime degli abusi sessuali, di potere, di autorità e a coloro che a suo tempo li hanno creduti e li hanno accompagnati. Vittime le cui grida sono giunte fino al cielo[11]. Vorrei ancora una volta ringraziare pubblicamente il coraggio e la perseveranza di tutti loro.

Questo ultimo tempo è tempo di ascolto e di discernimento per arrivare alle radici che hanno permesso a simili atrocità di prodursi e di perpetuarsi, e trovare così soluzioni allo scandalo degli abusi non con mere strategie di contenimento – imprescindibili, ma insufficienti –, ma con tutte le misure necessarie per riuscire ad assumere il problema nella sua complessità.

In questo senso vorrei soffermarmi sulla parola «ascolto», perché discernere presuppone imparare ad ascoltare ciò che lo Spirito vuole dirci. E potremo farlo soltanto se siamo capaci di ascoltare la realtà di ciò che accade[12].

Credo che stia qui una delle nostre principali mancanze e omissioni: nel non sapere ascoltare le vittime. Sicché sono state elaborate conclusioni parziali a cui mancavano elementi cruciali per un discernimento sano e chiaro. Devo dire con vergogna che non abbiamo saputo ascoltare e reagire tempestivamente.

La visita di monsignor Scicluna e monsignor Bertomeu nasce dalla constatazione che esistevano situazioni che non sapevamo vedere e ascoltare. Come Chiesa non potevamo continuare a ignorare il dolore dei nostri fratelli. Dopo aver letto il rapporto ho voluto incontrare personalmente alcune vittime di abuso sessuale, di potere e di coscienza, per ascoltarle e chiedere loro perdono per i nostri peccati e omissioni.

4) In questi incontri ho constatato che la mancanza di riconoscimento/ascolto delle loro storie, come anche del riconoscimento/accettazione degli errori e delle omissioni in tutto il processo, ci impediscono di andare avanti. Un riconoscimento che vuole essere, più che un’espressione di buona volontà verso le vittime, un nuovo modo di soffermarci davanti alla vita, davanti agli altri e davanti a Dio. La speranza nel domani e la fiducia nella Provvidenza nascono e crescono dall’assunzione delle fragilità, dei limiti e finanche del peccato per aiutarci a riuscire[13]. Il «mai più» alla cultura dell’abuso, come pure al sistema di connivenze che gli permette di perpetuarsi, richiede che tutti insieme lavoriamo per generare una cultura dell’accoglienza che impregni i nostri modi di relazionarci, di pregare, di pensare, di vivere l’autorità; le nostre abitudini e i nostri linguaggi e la nostra relazione con il potere e con il denaro. Oggi sappiamo che la migliore parola che possiamo proferire di fronte al dolore causato è l’impegno alla conversione personale, comunitaria e sociale, che impari ad ascoltare e ad accogliere specialmente i più vulnerabili. È urgente, pertanto, generare spazi dove la cultura dell’abuso e della connivenza non sia lo schema dominante; dove un atteggiamento critico e di contestazione non venga confuso col tradimento. Questo deve spingerci come Chiesa a cercare con umiltà tutti gli attori che compongono la realtà sociale e a promuovere istanze di dialogo e confronto costruttivo per camminare verso una cultura di accoglienza e di protezione.

Se pretendessimo di coronare questa impresa soltanto da soli o con le nostre forze e i nostri strumenti, ci chiuderemmo in pericolose dinamiche volontaristiche che a breve termine verrebbero meno[14]. Lasciamoci aiutare e aiutiamo a generare una società dove la cultura dell’abuso non trovi spazio per perpetuarsi. Esorto tutti i cristiani e specialmente i responsabili dei Centri di formazione educativa superiore, degli ordinamenti educativi istituzionali e non istituzionali, dei Centri sanitari, degli Istituti di formazione e delle Università, a unire gli sforzi nelle diocesi e con il complesso della società civile per promuovere, con lucidità e in maniera strategica, una cultura dell’accoglienza e della protezione. Ciascuno di questi spazi si faccia promotore di una nuova mentalità.

5) La cultura dell’abuso e della connivenza è incompatibile con la logica del Vangelo, perché la salvezza offerta da Cristo è sempre una proposta, un dono che reclama e richiede la libertà. È lavando i piedi ai discepoli che Cristo ci mostra il volto di Dio. Non è mai nella coercizione o nell’obbligatorietà, ma nel servizio. Diciamolo chiaramente: tutti i mezzi che attentano alla libertà e all’integrità delle persone sono anti-evangelici; pertanto è necessario che sappiamo generare processi di fede in cui si impari a sapere quando è necessario dubitare e quando non è necessario. «La dottrina, o meglio, la nostra comprensione ed espressione di essa, “non è un sistema chiuso, privo di dinamiche capaci di generare domande, dubbi, interrogativi”, e “le domande del nostro popolo, le sue pene, le sue battaglie, i suoi sogni, le sue lotte, le sue preoccupazioni, possiedono un valore ermeneutico che non possiamo ignorare se vogliamo prendere sul serio il principio dell’incarnazione”»[15]. Invito tutti i Centri di formazione religiosa, le facoltà teologiche, gli istituti superiori, i seminari, le case di formazione e di spiritualità a promuovere una riflessione teologica che sappia essere all’altezza del tempo presente, promuovere una fede matura, adulta, e che assuma l’humus vitale del Popolo di Dio con le sue domande e le sue obiezioni. E, quindi, a promuovere comunità capaci di combattere le situazioni di abuso, comunità in cui il dialogo, la discussione, il confronto siano benvenuti[16]. Saremo fecondi nella misura in cui rafforzeremo comunità aperte dall’interno e quindi libere da pensieri chiusi e autoreferenziali pieni di promesse e di miraggi che assicurano vita, ma in definitiva favoriscono la cultura dell’abuso.

Vorrei fare un breve riferimento alla pastorale popolare che si vive in molte delle vostre comunità, in quanto è un tesoro inestimabile e una scuola autentica in cui apprendere ad ascoltare il cuore del nostro popolo e nel contempo il cuore di Dio. Nella mia esperienza di pastore ho imparato a scoprire che la pastorale popolare è uno dei pochi spazi in cui il Popolo di Dio è svincolato dall’influenza di quel clericalismo che cerca sempre di controllare e di frenare l’unzione di Dio sul suo popolo. Imparare dalla pietà popolare è imparare a intavolare un nuovo tipo di relazione, di ascolto e di spiritualità che richiede molto rispetto e non si presta a letture rapide e semplicistiche, perché la pietà popolare «manifesta una sete di Dio che solo i semplici e i poveri possono conoscere»[17].

Essere «Chiesa in uscita» è anche lasciarsi aiutare e interpellare. Non dimentichiamoci che «il vento soffia dove vuole e ne senti la voce, ma non sai da dove viene né dove va: così è chiunque è nato dallo Spirito» (Gv 3,8).

6) Come vi dicevo, negli incontri con le vittime ho potuto constatare che il mancato riconoscimento ci impedisce di camminare. Per questo credo necessario farvi sapere che sono stato molto allietato e mi ha dato grande speranza confermare, nel dialogo con loro, la loro stessa riconoscenza per quelle persone che mi piace chiamare «i santi della porta accanto»[18]. Saremmo ingiusti se accanto al nostro dolore e alla nostra vergogna per queste strutture di abuso e connivenza che si sono così tanto perpetuate e tanto male hanno fatto, non riconoscessimo quei molti fedeli laici, consacrati, consacrate, sacerdoti, vescovi che danno la vita per amore nelle zone più recondite dell’amata terra cilena. Sono tutti cristiani che sanno piangere con gli altri, che cercano la giustizia con fame e sete, che guardano e agiscono con misericordia[19]; cristiani che ogni giorno cercano di illuminare la loro vita alla luce del protocollo secondo il quale verremo giudicati: «Venite, benedetti del Padre mio, ricevete in eredità il regno preparato per voi fin dalla creazione del mondo, perché ho avuto fame e mi avete dato da mangiare, ho avuto sete e mi avete dato da bere, ero straniero e mi avete accolto, nudo e mi avete vestito, malato e mi avete visitato, ero in carcere e siete venuti a trovarmi» (Mt 25, 34-36).

Sono loro riconoscente e li ringrazio del loro coraggioso e costante esempio col quale, in momenti di tumulto, vergogna e dolore, continuano a mettersi in gioco con gioia per il Vangelo.

Questa testimonianza mi fa tanto bene e mi sostiene nella mia personale aspirazione a superare l’egoismo per spendermi di più[20]. Senza in alcun modo togliere importanza e serietà al male causato e alla ricerca delle radici del problema, ci impegna anche a riconoscere la forza dello Spirito che agisce e opera in tante vite. Senza questo sguardo rimarremmo a metà strada e potremmo addentrarci in una logica che, anziché cercare di dare forza a ciò che c’è di buono e di rimediare a ciò che è sbagliato, evidenzierebbe una realtà parziale cadendo in una grave ingiustizia.

Accettare i successi, così come i limiti personali e comunitari, non è una notizia tra le altre: è il primo passo di qualsiasi autentico processo di conversione e di trasformazione. Non dimentichiamoci mai che Gesù Cristo risorto si presenta ai suoi con le piaghe; anzi, proprio a partire dalle sue piaghe Tommaso può confessare la fede. Siamo invitati a non dissimulare o nascondere o coprire le nostre piaghe.

Una Chiesa con le piaghe è capace di comprendere e di commuoversi per le piaghe del mondo di oggi e di farle sue, patirle, accompagnarle e muoversi per cercare di sanarle. Una Chiesa con le piaghe non si pone al centro, non si crede perfetta, non cerca di coprire o nascondere il suo male, ma proprio lì pone al centro l’unico che può sanare le ferite e che ha un nome: Gesù Cristo[21].

È questa certezza che ci muoverà a cercare, al momento opportuno e non opportuno, l’impegno a generare una cultura in cui ogni persona abbia il diritto di respirare un’aria libera da qualsiasi tipo di abuso. Una cultura libera da connivenze che finiscono per viziare tutte le nostre relazioni. Una cultura che di fronte al peccato sappia generare una dinamica di pentimento, misericordia e perdono, e, davanti al crimine, generi la denuncia, il giudizio e la sanzione.

7) Cari fratelli, cominciavo questa lettera dicendovi che fare appello a voi non è un atto d’ufficio o un gesto di buona volontà, ma al contrario è invocare l’unzione che possedete come Popolo di Dio. Con voi sarà possibile fare i passi necessari per un rinnovamento e una conversione ecclesiale davvero sani e a lungo termine. Con voi si potrà generare la trasformazione necessaria di cui c’è tanto bisogno. Senza di voi non si può fare niente. Esorto tutto il Santo Popolo fedele di Dio che vive in Cile a non avere paura di farsi coinvolgere e di camminare sospinto dallo Spirito alla ricerca di una Chiesa ogni giorno più sinodale, profetica e apportatrice di speranza; meno abusiva perché sa mettere Gesù al centro, nell’affamato, nel detenuto, nel migrante, nell’abusato.

Vi chiedo di non dimenticarvi di pregare per me. Io lo faccio per voi e chiedo a Gesù di benedirvi e alla Vergine santa di proteggervi.

Francesco

Vaticano, 31 maggio 2018, festa della Visitazione della Madonna

Traduzione italiana © “La Civiltà Cattolica” 2018 – Tutti i diritti riservati.

La versione originale della lettera è pubblicata sul sito della Conferenza episcopale del Cile.

*******

[1] Francesco, Lettera ai vescovi del Cile a seguito del report consegnato da S.E. monsignor Charles J. Scicluna, 8 aprile 2018.

[2] Benedetto XVI, Deus caritas est, 16.

[3] Cfr Francesco, Incontro con sacerdoti, religiosi e religiose, consacrati e seminaristi, cattedrale di Santiago del Cile, 16 gennaio 2018.

[4] Francesco, Evangelii gaudium, 276.

[5] Cfr Concilio vaticano II, Lumen gentium, 9.

[6] Cfr Francesco, Incontro con i giovani, santuario nazionale di Maipú, 17 gennaio 2018.

[7] Cfr Id., Gaudete et exsultate, 137. [NDT: DICEVA 96, MA MI PARE SBAGLIATO]

[8] Cfr Id., Omelia nella messa di Pentecoste, 20 maggio 2018.

[9] È giusto riconoscere che alcune organizzazioni e mezzi di comunicazione hanno assunto il tema degli abusi in un modo responsabile, cercando sempre la verità e non facendo di questa dolorosa realtà una risorsa mediatica per accrescere il rating dei loro programmi. Meritano che questo venga loro riconosciuto.

[10] Cfr Francesco, Evangelii gaudium, 227.

[11] «Il Signore disse: “Ho osservato la miseria del mio popolo in Egitto e ho udito il suo grido a causa dei suoi sovrintendenti: conosco le sue sofferenze”» (Es 3,7).

[12]  Ricordiamo che è stata questa la prima parola-mandato che il popolo di Israele ha ricevuto da Jahvè: «Ascolta, Israele» (Dt 6,4).

[13] Cfr Francesco, Visita al Centro penitenziario femminile, Santiago del Cile, 16 gennaio 2018.

[14] Cfr Id., Gaudete et exsultate, 47-59.

[15] Cfr ivi, 44.

[16] È imprescindibile dare luogo a quel tanto necessario rinnovamento nei centri di formazione che è stato promosso dalla recente costituzione apostolica Veritatis gaudium. A modo di esempio sottolineo che «l’esigenza prioritaria oggi all’ordine del giorno, infatti, è che tutto il Popolo di Dio si prepari ad intraprendere “con spirito” una nuova tappa dell’evangelizzazione. Ciò richiede “un deciso processo di discernimento, purificazione e riforma”. E in tale processo è chiamato a giocare un ruolo strategico un adeguato rinnovamento del sistema degli studi ecclesiastici. Essi, infatti, non sono solo chiamati a offrire luoghi e percorsi di formazione qualificata dei presbiteri, delle persone di vita consacrata e dei laici impegnati, ma costituiscono una sorta di provvidenziale laboratorio culturale in cui la Chiesa fa esercizio dell’interpretazione performativa della realtà che scaturisce dall’evento di Gesù Cristo e che si nutre dei doni della Sapienza e della Scienza di cui lo Spirito Santo arricchisce in varie forme tutto il Popolo di Dio: dal sensus fidei fidelium al magistero dei Pastori, dal carisma dei profeti a quello dei dottori e dei teologi» (Francesco, Veritatis gaudium, 3).

[17] Paolo VI, Evangelii nuntiandi, 48.

[18] Cfr Francesco, Gaudete et exsultate, 6-9.

[19] Cfr ivi, 76.79.82.

[20] Cfr Id,, Evangelii gaudium, 76.

[21] Cfr Id., Incontro con sacerdoti, religiosi e religiose, consacrati e seminaristi, cit.