Udienza ai partecipanti all’Incontro del Segretariato per la Giustizia sociale e l’Ecologia della Compagnia di Gesù

papa e gesuitiQuesta mattina, nel Palazzo Apostolico Vaticano, il Santo Padre Francesco ha ricevuto in Udienza i partecipanti all’Incontro del Segretariato per la Giustizia sociale e l’Ecologia della Compagnia di Gesù, che si svolge a Roma, in occasione dei 50 anni dalla sua fondazione, presso la sede della Curia Generalizia, sul tema “Un cammino di giustizia e di riconciliazione: 50 anni e oltre”.

Riportiamo di seguito il discorso che il Papa ha rivolto ai presenti:

Discorso del Santo Padre

Buenos días y bienvenidos.

La Compañía de Jesús, lo sabemos todos, desde el principio fue llamada al servicio de los pobres, una vocación que san Ignacio incorporó a la Fórmula de 1550. Los jesuitas se dedicarían «a la defensa y propagación de la fe y al provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana», así como a «reconciliar a los desavenidos, socorrer misericordiosamente y servir a los que se encuentran en las cárceles o en los hospitales, y a ejercitar todas las demás obras de caridad».[1] Aquello no era una declaración de intenciones, sino un modo de vida que ya habían experimentado, que les llenaba de consolación y al que se sentían enviados por el Señor.

Esa tradición ignaciana originaria ha llegado hasta nuestros días. El P. Arrupe tuvo la intención de fortalecerla. En la base de su vocación se encontraba la experiencia de contacto con el dolor humano. Años más tarde escribiría: «Vi (a Dios) tan cerca de los que sufren, de los que lloran, de los que naufragan en esta vida de desamparo, que se encendió en mí el deseo ardiente de imitarle en esta voluntaria proximidad a los desechos del mundo, que la sociedad desprecia».[2]

Hoy usamos la palabra “a los descartados”, ¿no?, y hablamos de cultura del descarte, esta gran mayoria de gente dejada al camino. Para mí, de este texto lo que me toca profundamente es el origen de donde viene. De la oración, ¿no? Arrupe era un hombre de oracion, un hombre que peleaba con Dios todos los días, y de ahí nace esto fuerte. El P. Pedro siempre creyó que el servicio de la fe y la promoción de la justicia no podían separarse: estaban radicalmente unidas. Para él, todos los ministerios de la Compañía tenían que responder, a la vez, al desafío de anunciar la fe y de promover la justicia. Lo que hasta entonces había sido una encomienda para algunos jesuitas, debía convertirse en una preocupación de todos.

Los pobres, lugar de encuentro con el Señor

Cada año, la liturgia nos invita a contemplar a Dios en el candor de un niño excluido, que venía a los suyos, pero fue rechazado (cf. Jn 1,11). Según san Ignacio, una ancilaancila, una persona, una joven que sirve–, asiste a la Sagrada Familia.[3] Junto a ella, Ignacio nos apremia a introducirnos también nosotros, «haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, contemplándolos y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase».[4] Esto no es poesía ni publicidad, esto Ignacio lo sentía. Y lo vivía.

Esta contemplación activa de Dios, de Dios excluido, nos ayuda a descubrir la belleza de toda persona marginada. Ningún servicio sustituye a «valorar al pobre en su bondad propia, con su forma de ser, con su cultura, con su modo de vivir la fe (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 199).

En los pobres, han encontrado ustedes un lugar privilegiado de encuentro con Cristo. Ese es un precioso regalo en la vida del seguidor de Jesús: recibir el don de encontrarse con él entre las víctimas y los empobrecidos.

El encuentro con Cristo entre sus preferidos acrisola nuestra fe. Así sucedió en el caso de la Compañía, cuya experiencia con los últimos ha ahondado y fortalecido la fe. «Nuestra fe se ha hecho más pascual, más compasiva, más tierna, más evangélica en su sencillez»,[5] de modo especial, en el servicio de los pobres.

Han vivido ustedes una verdadera transformación personal y corporativa en la contemplación callada del dolor de sus hermanos. Una transformación que es una conversión, un regreso a mirar el rostro del crucificado, que nos invita cada día a permanecer junto a él y a bajarle de la cruz.

No dejen de ofrecer esta familiaridad con los vulnerables. Nuestro mundo roto y dividido necesita construir puentes para que el encuentro humano nos permita a cada uno descubrir en los últimos el bello rostro del hermano, en quien nos reconocemos, y cuya presencia, aun sin palabras, reclama en su necesidad nuestro cuidado y nuestra solidaridad.

Seguir a Jesús entre los crucificados

Jesús no tenía «dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20), entregado como estaba a «proclamar la buena noticia del Reino y a curar toda clase de enfermedades y dolencias» (Mt 4,23). Hoy su Espíritu, vivo entre nosotros, nos mueve a seguirle en el servicio a los crucificados de nuestro tiempo.

En la actualidad abundan las situaciones de injusticia y de dolor humano que todos bien conocemos. «Quizá se puede hablar de una tercera guerra combatida “por partes”, con crímenes, masacres, destrucciones» (Homilía, Redipuglia, 13 septiembre 2014). Subsiste la trata de personas, abundan las expresiones de xenofobia y la búsqueda egoísta del interés nacional, la desigualdad entre países y en el interior de los mismos crece sin que se encuentre remedio. Con una progresión yo diría geométrica.

De otra parte, «nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los dos últimos siglos» (Exhort. apost. Laudato si’, 53). No sorprende que una vez más «los más graves efectos de todas las agresiones ambientales los sufra la gente más pobre» (ibíd., 48).

Seguir a Jesús en estas circunstancias conlleva un conjunto de tareas. Comienza por el acompañamiento a las víctimas, para contemplar en ellas el rostro de nuestro Señor crucificado. Continúa en la atención a las necesidades humanas que surgen, muchas veces innumerables e inabordables en su conjunto. Hoy también es preciso reflexionar sobre la realidad del mundo, para desenmascarar sus males, para descubrir las mejores respuestas, para generar la creatividad apostólica y la hondura que el P. Nicolás tanto deseaba para la Compañía.

Pero nuestra respuesta no puede detenerse aquí. Necesitamos de una verdadera «revolución cultural» (ibíd., 114), una transformación de nuestra mirada colectiva, de nuestras actitudes, de nuestros modos de percibirnos y de situarnos ante el mundo. Finalmente, los males sociales con frecuencia se enquistan en las estructuras de una sociedad, con un potencial de disolución y de muerte (cf. Exhort. apost. Evangelii gaudium, 59). De ahí la importancia del trabajo lento de transformación de las estructuras, por medio de la participación en el diálogo público, allí donde se toman las decisiones que afectan a la vida de los últimos (cf.Encuentro con los movimientos populares en Bolivia, Santa Cruz de la Sierra, 9 julio 2015).

Algunos de ustedes y otros muchos jesuitas que los antecedieron pusieron en marcha obras de servicio a los más pobres, obras de de educación, de atención a los refugiados, de defensa de los derechos humanos o de servicios sociales en multitud de campos. Continúen con este empeño creativo, necesitado siempre de renovación en una sociedad de cambios acelerados. Ayuden a la Iglesia en el discernimiento que hoy también tenemos que hacer sobre nuestros apostolados. No dejen de colaborar en red entre ustedes y con otras organizaciones eclesiales y civiles para tener una palabra en defensa de los más desfavorecidos en este mundo cada vez más globalizado. Con esa globalización que es esférica, que anula las identidades culturales, las identidades religiosas, las identidades personales, todo es igual. La verdadera globalizacion debe ser poliedrica, unirnos, pero cada uno conservando la propia peculiaridad.

En el dolor de nuestros hermanos y de nuestra casa común amenazada es necesario contemplar el misterio del crucificado para ser capaces de dar la vida hasta el final, como hicieran tantos compañeros jesuitas desde el año 1975. Celebramos este año el 30 aniversario del martirio de los jesuitas de la Universidad Centroamericana de El Salvador, que tanto dolor causó al P. Kolvenbach y que lo movió a pedir la ayuda de jesuitas en toda la Compañía. Muchos respondieron generosamente. La vida y la muerte de los mártires son un aliento a nuestro servicio a los últimos.

Y abrir caminos a la esperanza

Nuestro mundo está necesitado de transformaciones que protejan la vida amenazada y defiendan a los más débiles. Buscamos cambios y muchas veces no sabemos cuáles deben ser, o no nos sentimos capaces de abordarlos, nos sobrepasan.

En las fronteras de la exclusión corremos el riesgo de desesperar, si atendemos únicamente la lógica humana. Lo llamativo es que muchas veces las víctimas de este mundo no se dejan llevar por la tentación de claudicar, sino que confían y acunan la esperanza.

Todos nosotros somos testigos de que «los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho… Cuando los pobres se organizan se convierten en auténticos «poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial» (Encuentro con los movimientos populares en Bolivia, Santa Cruz de la Sierra, 9 julio 2015).

¿El apostolado social está para resolver problemas? Sí, pero sobre todo para promover procesos y alentar esperanzas. Procesos que ayuden a crecer a las personas y a las comunidades, que las lleven a ser conscientes de sus derechos, a desplegar sus capacidades y a crear su propio futuro.

Ustedes trabajen por «la verdadera esperanza cristiana, que busca el Reino escatológico, (y que) siempre genera historia» (Exhort. apost.Evangelii gaudium, 181). Compartan su esperanza allá donde se encuentren, para alentar, consolar, confortar y reanimar. Por favor, abran futuro, o para usar la expresión de un literato actual, frecuenten el futuro. Abran futuro, susciten posibilidades, generen alternativas, ayuden a pensar y actuar de un modo diverso. Cuiden su relación diaria con el Cristo resucitado y glorioso, y sean obreros de la caridad y sembradores de esperanza. Caminen cantando y llorando, que las luchas y preocupaciones por la vida de los últimos y por la creación amenazada no les quiten el gozo de la esperanza (cf. Exhort. apost.Laudato si’, 244).

Quisiera terminar con una imagen –los curas en las parroquias repartimos estampitas, para que la gente se lleve una imagen a la casa, una imagen nuestra de familia–. El testamento de Arrupe, allá en Tailandia, en el campo de refugiados, con los descartados, con todo lo que ese hombre tenía de simpatía, de padecer con esa gente, con esos jesuitas que estaban abriendo brecha en aquel momento en todo este apostolado, les pide una cosa: no dejen la oración. Fue su testamento. Dejó Tailandia ese día y en el avión tuvo su ictus. Que esta estampita, que esta imagen, los acompañe siempre. Gracias.

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[1] Fórmula del Instituto (21 julio 1550), aprobada y confirmada por el papa Julio III.

[2] Este Japón increíble. Memorias del P. Arrupe, 4ª ed. Mensajero, Bilbao, 1991, p. 19.

[3] Cf. Ejercicios Espirituales, 111, 114.

[4] Ibíd.

[5] Congregación General 34 de la Compañía de Jesús, 1995, d. 2, n. 1.

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html 7 novembre 2019


 

Buongiorno e benvenuti,
La Compagnia di Gesù, lo sappiamo tutti, fin dall’inizio è stata chiamata al servizio dei poveri, una vocazione che sant’Ignazio inserì nella Fo r m u l a del 1550. I gesuiti si sarebbero occupati «della difesa e propagazione della fede, e del progresso delle anime nella vita e nella dottrina cristiana» e dedicati a «riconciliare i dissidenti, a soccorrere e servire piamente quelli che sono in carcere e negli ospedali, e a compiere ... tutte le altre opere di carità» ( Formula dell’Istituto , 21 giugno 1550, approvata e confermata da papa Giulio III ). Non era una dichiarazione d’intenti, ma uno stile di vita che avevano già sperimentato, che li riempiva di consolazione e al quale si sentivano inviati dal Signore. Questa tradizione ignaziana originaria è giunta fino ai nostri giorni. Padre Arrupe si propose di rafforzarla. Alla base della sua vocazione c’era l’esperienza di contatto con il dolore umano. Anni dopo scriveva: «ho visto (Dio) così vicino a quanti soffrono, a quanti piangono, a quanti naufragano in questa vita di abbandono, che si è acceso in me il desiderio ardente di imitarlo in questa volontaria prossimità ai derelitti del mondo, che la società disprezza» ( Este Japón increible. Memoria del P. Ar r u p e , 4 a edizione Mensajero, Bilbao, 1991, p. 19). Oggi usiamo la parola scartati, no?, parliamo di cultura dello scarto, questa grande maggioranza di gente lasciata indietro. Per me, di questo testo ciò che mi colpisce profondamente è l’origine, da dove viene. Dalla preghiera, no? Arrupe era un uomo di preghiera, un uomo che lottava con Dio ogni giorno, e da lì nasce questo forte. Padre Pedro credette sempre che il servizio della fede e la promozione della giustizia non si potevano separare: erano radicalmente uniti. Per lui tutti i ministeri della Compagnia dovevano rispondere alla sfida di annunciare la fede e, al contempo, di promuovere la giustizia. Ciò che fino ad allora era stato un incarico per alcuni gesuiti, doveva divenire una preoccupazione di tutti. I poveri, luogo d’incontro con il Signore Ogni anno la liturgia ci invita a contemplare Dio nel candore di un bambino escluso, che veniva tra la sua gente, ma non fu accolto (cfr. Gv 1, 11). Secondo sant’Ignazio, un’ancella — un’ancella, una persona, una giovane che serve — assiste la Santa Famiglia (cfr. Esercizi Spirituali , nn. 111-114). Insieme a lei, Ignazio ci esorta a essere anche noi lì presenti, «mi faccio come un piccolo e indegno servitorello guardandoli, contemplandoli e servendoli nelle loro necessità» ( Ibid ). Questo non è poesia né pubblicità, questo Ignazio lo sentiva. E lo viveva. Questa contemplazione attiva di Dio, di Dio escluso, ci aiuta a scoprire la bellezza di ogni persona emarginata. Nessun servizio sostituisce l’«apprezzare il povero nella sua bontà propria, col suo modo di essere, con la sua cultura, con il suo modo di vivere la fede» (Esortazione apostolica Evangelii gaudium , n. 199). Nei poveri voi avete trovato un luogo privilegiato d’incontro con Cristo. È questo un dono prezioso nella vita del seguace di Cristo: ricevere il dono di incontrarlo tra le vittime e i poveri. L’incontro con Cristo tra i suoi prediletti affina la nostra fede. Così successe nel caso della Compagnia di Gesù, la cui esperienza con gli ultimi ha approfondito e rafforzato la fede. «La nostra fede si è fatta più pasquale, più compassionevole, più tenera, più evangelica nella sua semplicità» ( Congregazione Generale 34 della Compagnia di Gesù , 1995, d. 2, n. 1), in modo particolare nel servizio dei poveri. Voi avete vissuto una vera trasformazione personale e corporativa nella contemplazione silenziosa del dolore dei vostri fratelli. Una trasformazione che è una conversione, un tornare a guardare il volto del crocifisso, che c’invita ogni giorno a restare accanto a lui e a deporlo dalla cro ce. Non smettete di offrire questa familiarità con i vulnerabili. Il nostro mondo spezzato e diviso ha bisogno di costruire ponti affinché l’i n c o n t ro umano permetta a ognuno di noi di scoprire negli ultimi il bel volto del fratello, nel quale ci riconosciamo, e la cui presenza, pur senza parole, esige nel suo bisogno la nostra cura e la nostra solidarietà. Seguire Gesù tra i crocefissi Gesù non aveva «dove posare il capo» ( Mt 8, 20), dedito com’era a predicare «la buona novella del regno» e a curare «ogni sorta di malattie e di infermità» ( Mt 4, 23). Oggi il suo Spirito, vivo tra noi, ci spinge a seguirlo nel servizio ai crocefissi del nostro tempo. Attualmente abbondano le situazioni di ingiustizia e di dolore umano che tutti conosciamo bene. «Forse si può parlare di una terza guerra combattuta “a pezzi”, con crimini, massacri, distruzioni» ( Omelia , Redipuglia, 13 settembre 2014). Sussiste la tratta di persone, abbondano le espressioni di xenofobia e la ricerca egoista dell’interesse nazionale, la disuguaglianza tra paesi e all’interno degli stessi sta crescendo senza che si trovi un rimedio. Con una progressione direi geometrica. D’altra parte, «mai abbiamo maltrattato e offeso la nostra casa comune come negli ultimi due secoli» (Lettera enciclica Laudato si’ , n. 53). Non sorprende che ancora una volta «gli effetti più gravi di tutte le aggressioni ambientali li subisce la gente più povera» ( Ibid. , n. 48). Seguire Gesù in queste circostanze comporta un insieme di compiti. Comincia con l’accompagnamento alle vittime, per contemplare in loro il volto di nostro Signore crocifisso. Continua nell’attenzione ai bisogni umani che nascono, molte volte innumerevoli e inabbordabili nel loro insieme. Oggi è anche necessario riflettere sulla realtà del mondo, per smascherare i suoi mali, per scoprire le risposte migliori, per generare la creatività apostolica e la profondità che padre Nicolás tanto desiderava per la Compagnia. Ma la nostra risposta non può fermarsi qui. Abbiamo bisogno di una vera «rivoluzione culturale» ( ibid. , n. 114), una trasformazione del nostro sguardo collettivo, dei nostri atteggiamenti, dei nostri modi di percepirci e di situarci dinanzi al mondo. Infine, i mali sociali spesso s’incistano nelle strutture di una società, con un potenziale di dissoluzione e di morte (cfr. Esortazione apostolica Evangelii gaudium , n. 59). Da qui l’importanza del lavoro lento di trasformazione delle strutture, per mezzo della partecipazione al dialogo pubblico, là dove si prendono le decisioni che condizionano la vita degli ultimi (cfr. Incontro con i movimenti popolari in Bolivia , Santa Cruz de la Sierra, 9 luglio 2015). Alcuni tra voi, e molti altri gesuiti che vi hanno preceduto, hanno avviato opere di servizio ai più poveri, opere di educazione, di attenzione ai rifugiati, di difesa dei diritti umani e di servizi sociali in molteplici campi. Continuate con questo impegno creativo, sempre bisognoso di rinnovamento in una società dai cambiamenti accelerati. Aiutate la Chiesa nel discernimento che oggi dobbiamo compiere anche sui nostri apostolati. Non smettete di collaborare in rete tra voi e con altre organizzazioni ecclesiali e civili per avere una parola in difesa dei più bisognosi in questo mondo sempre più globalizzato. Con questa globalizzazione che è sferica, che annulla le identità culturali, le identità religiose, le identità personali, tutto è uguale. La vera globalizzazione deve essere poliedrica. Unirci, ma conservando ognuno la propria peculiarità. Nel dolore dei nostri fratelli e della nostra casa comune minacciata è necessario contemplare il mistero del crocifisso per essere capaci di dare la vita fino alla fine, come fecero tanti compagni gesuiti a partire dal 1975. Quest’anno celebriamo il 30° anniversario del martirio dei gesuiti della Universidad Centroamericana di El Salvador, che tanto dolore causò a padre Kolvenbach e che lo spinse a chiedere l’aiuto di gesuiti in tutta la Compagnia. Molti risposero generosamente. La vita e la morte dei martiri sono un incoraggiamento al nostro servizio agli ultimi. E aprire cammini alla speranza Il nostro mondo ha bisogno di trasformazioni che proteggano la vita minacciata e difendano i più deboli. Noi cerchiamo cambiamenti e molte volte non sappiamo quali devono essere, o non ci sentiamo capaci di affrontarli, ci trascendono. Nelle frontiere dell’esclusione corriamo il rischio di disperare, se seguiamo solo la logica umana. Sorprende il fatto che molte volte le vittime di questo mondo non si lasciano vincere dalla tentazione di cedere, ma confidano e cullano la speranza. Tutti noi siamo testimoni del fatto che «i più umili, gli sfruttati, i poveri e gli esclusi» possono fare e fanno molto... Quando i poveri si organizzano diventano autentici «poeti sociali: creatori di lavoro, costruttori di case, produttori di generi alimentari, soprattutto per quanti sono scartati dal mercato mondiale» ( Incontro con i movimenti popolari in Bolivia , Santa Cruz de la Sierra, 9 luglio 2015). L’apostolato sociale esiste per risolvere problemi? Sì, ma soprattutto per promuovere processi e incoraggiare speranze. Processi che aiutino a far crescere le persone e le comunità, che le portino a essere consapevoli dei loro diritti, a dispiegare le loro capacità e a creare il proprio fut u ro . Lavorate per «la vera speranza cristiana, che cerca il Regno escatologico, [e che] genera sempre storia» (Esortazione apostolica Evangelii gaudium , n. 181). Condividete la vostra speranza là dove vi trovate, per incoraggiare, consolare, confortare e rianimare. Per favore, aprite futuro, o, per usare l’espressione di un letterato attuale, frequentate il futuro. Aprite futuro, suscitate possibilità, generate alternative, aiutate a pensare e ad agire in un modo diverso. Curate il vostro rapporto quotidiano con il Cristo risorto e glorioso, e siate operai della carità e seminatori di speranza. Camminate cantando, e piangendo, che le lotte e le preoccupazioni per la vita degli ultimi e per la creazione minacciata non vi tolgano la gioia della speranza (cfr. Laudato si’ , n. 244). Vorrei concludere con un’immagine — noi preti nelle parrocchie distribuiamo santini, affinché la gente si porti un’immagine a casa, un’immagine nostra di famiglia —. Il testamento di Arrupe, lì in Thailandia, nel campo dei rifugiati, con gli scartati, con tutto ciò che quell’uomo aveva di simpatia, di soffrire con quella gente, con quei gesuiti che stavano aprendo una breccia in quel momento in tutto questo apostolato, vi chiede una cosa: non lasciate la preghiera. È stato questo il suo testamento. Lasciò la Thailandia quel giorno e durante il volo ebbe un ictus. Che questo santino, che questa immagine, vi accompagni sempre. Grazie.

© Osservatore Romano - 8 novembre 2019