monasteroPubblichiamo di seguito il Messaggio che il Santo Padre Francesco ha inviato ai partecipanti al Convegno Internazionale “Pastoral Vocacional y la Vida Consagrada. Horizontes y esperanzas”, promosso dalla Congregazione per gli Istituti di Vita Consacrata e le Società di Vita Apostolica, che ha luogo a Roma presso il Pontificio Ateneo “Regina Apostolorum” dal 1° al 3 dicembre 2017:

Messaggio del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo a los participantes en este Congreso Internacional promovido por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica sobre «Pastoral Vocacional y la Vida Consagrada. Horizontes y esperanzas». Agradezco a dicha Congregación la iniciativa de este evento que quiere ser la aportación de dicho Dicasterio al próximo Sínodo de los Obispos que se ocupará del tema: «Los Jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Y mientras, a través de este mensaje, saludo a todos los que habéis llegado a Roma para participar en este encuentro, os aseguro también mi oración al Dueño de la mies para que este Congreso ayude a todos los consagrados a dar una respuesta generosa a su propia vocación y, al mismo tiempo, ayude a todos ellos a intensificar la pastoral vocacional entre las familias y jóvenes para que, quienes son llamados al seguimiento de Cristo en la vida consagrada o en otras vocaciones dentro del Pueblo de Dios, puedan encontrar lo cauces adecuados para acoger esa llamada y responder con generosidad a ella.

Ante todo quiero manifestaros algunas convicciones sobre la pastoral vocacional. Y la primera es ésta: Hablar de pastoral vocacional es afirmar que toda acción pastoral de la Iglesia está orientada, por su propia naturaleza, al discernimiento vocacional, en cuanto su objetivo último es ayudar al creyente a descubrir el camino concreto para realizar el proyecto de vida al que Dios lo llama.

El servicio vocacional ha de ser visto como el alma de toda la evangelización y de toda la pastoral de la Iglesia. Fiel a este principio no dudo en afirmar que la pastoral vocacional no se puede reducir a actividades cerradas en sí mismas. Esto podría convertirse en proselitismo, y podría llevar también a caer en «la tentación de un fácil y precipitado reclutamiento» (Juan Pablo II, Exhort. ap. Vita consecrata, 64). La pastoral vocacional, en cambio, ha de colocarse en estrecha relación con la evangelización, la educación en la fe, de forma que la pastoral vocacional sea un verdadero itinerario de fe y lleve al encuentro personal con Cristo, y con la pastoral ordinaria, en especial con la pastoral de la familia, de tal modo que los padres asuman, con gozo y responsabilidad, su misión de ser los primeros animadores vocacionales de sus hijos, liberándose ellos mismos y liberando a sus hijos del bloqueo dentro de perspectivas egoístas, de cálculo o de poder, que muchas veces se dan en el seno de las familias, aun aquellas que son practicantes.

Esto comporta cimentar la propuesta vocacional, también la propuesta vocacional a la vida consagrada, en una sólida eclesiología y en una adecuada teología de la vida consagrada, que proponga y valorice convenientemente todas las vocaciones dentro del Pueblo de Dios.

Una segunda convicción es que la pastoral vocacional tiene su «humus» más adecuado en la pastoral juvenil. Pastoral juvenil y pastoral vocacional han de ir de la mano. La pastoral vocacional se apoya, surge y se desarrolla en la pastoral juvenil. Por su parte, la pastoral juvenil, para ser dinámica, completa, eficaz y verdaderamente formativa ha de estar abierta a la dimensión vocacional. Esto significa que la dimensión vocacional de la pastoral juvenil no es algo que se debe plantear solamente al final de todo el proceso o a un grupo particularmente sensible a una llamada vocacional específica, sino que ha de plantearse constantemente a lo largo de todo el proceso de evangelización y de educación en la fe de los adolescentes y de los jóvenes.

Una tercera convicción es que la oración ha de ocupar un lugar muy importante en la pastoral vocacional. Lo dice claramente el Señor: «Orad al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38). La oración constituye el primer e insustituible servicio que podemos ofrecer a la causa de las vocaciones. Puesto que la vocación es siempre un don de Dios, la llamada vocacional y la respuesta a dicha vocación solo puede resonar y hacerse sentir en la oración, sin que ello sea entendido como un fácil recurso para desentendernos de trabajar en la evangelización de los jóvenes para que se abran a la llamada del Señor. Orar por las vocaciones supone, en primer lugar, orar y trabajar por la fidelidad a la propia vocación; crear ambientes donde sea posible escuchar la llamada del Señor; ponernos en camino para anunciar el «evangelio de la vocación», promoverlas y provocarlas. Quien ora de verdad por las vocaciones, trabaja incansablemente por crear una cultura vocacional.

Estas convicciones me llevan a plantearos ahora algunos desafíos que considero importantes. Un primer desafío es el de la confianza. Confianza en los jóvenes y confianza en el Señor. Confianza en los jóvenes, pues hay muchos jóvenes que, aun perteneciendo a la generación «selfie» o a esta cultura que más que «fluida» parece ya «gaseada», buscan pleno sentido a sus vidas, aun cuando no siempre lo busquen en donde lo pueden encontrar. Es aquí donde los consagrados tenemos un papel importante: permanecer despiertos para despertar a los jóvenes, estar centrados en el Señor para poder ayudar al joven a que se centre en él. Muchas veces los jóvenes esperan de nosotros un anuncio explícito del «evangelio de la vocación», una propuesta valiente, evangélicamente exigente y a la vez profundamente humana, sin rebajas y sin rigideces. Por otra parte, confianza en el Señor, seguros que él sigue suscitando en el Pueblo de Dios diversas vocaciones para el servicio del Reino. Hay que vencer la fácil tentación que nos lleve a pensar que en algunos ambientes ya no es posible suscitar vocaciones. Para Dios «nada hay imposible» (Lc 1,37). Cada tramo de la historia es tiempo de Dios, también el nuestro, pues su Espíritu sopla donde quiere, como quiere y cuando quiere (cf. Jn 3, 8). Cualquier estación puede ser un «kairós» para recoger la cosecha (cf. Jn 4, 35-38).

Otro desafío importante es la lucidez. Es necesario tener una mirada aguda y, al mismo tiempo, una mirada de fe sobre el mundo y en particular sobre el mundo de los jóvenes. Es esencial conocer bien nuestra sociedad y la actual generación de los jóvenes de tal modo que, buscando los medios oportunos para anunciarles la Buena Nueva, podamos anunciarles también el «evangelio de la vocación». De lo contrario estaríamos dando respuestas a preguntas que nadie se hace.

Un último desafío que quisiera señalar es la convicción. Para proponer hoy a un joven el «ven y sígueme» (Jn 1, 39) se requiere audacia evangélica; la convicción de que el seguimiento de Cristo, también en la vida consagrada, merece la pena, y que la entrega total de uno mismo a la causa del Evangelio es algo hermoso y bello que puede dar sentido a toda una vida. Solo así la pastoral vocacional será narración de lo que uno vive y de lo que llena de sentido la propia vida. Y solo así la pastoral vocacional será una propuesta convincente. El joven, como todos nuestros contemporáneos, ya no cree tanto a los maestros, sino que quiere ver testigos de Cristo (cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 41).

Si deseamos que una propuesta vocacional al seguimiento de Cristo toque el corazón de los jóvenes y se sientan atraídos por Cristo y por la sequela Christi propia de la vida consagrada, la pastoral vocacional ha de ser:

Diferenciada, de tal modo que responda a las preguntas que cada joven se plantea, y que ofrezca a cada uno de ellos lo necesario para colmar con abundancia sus deseos de búsqueda (cf. Jn 10, 10). No se puede olvidar que el Señor llama a cada uno por su nombre, con su historia y a cada uno le ofrece y le pide un camino personal e intransferible en su respuesta vocacional.

Narrativa. El joven quiere ver «narrado» en la vida concreta de un consagrado el modelo a seguir: Jesucristo. La pastoral de «contagio», del «ven y verás» es la única pastoral vocacional verdaderamente evangélica, sin sabor a proselitismo. «Los jóvenes sienten la necesidad de figuras de referencia cercanas, creíbles, coherentes y honestas, así como de lugares y ocasiones en los que poner a prueba la capacidad de relación con los demás» (Sínodo de los Obispos, XV Asamblea general ordinaria, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Documento preparatorio, 2017, 2). Solo una propuesta de fe y vocacional encarnadas, tiene posibilidad de entrar en la vida de un joven que lo contrario.

Eclesial. Una propuesta de fe o vocacional a los jóvenes tiene que hacerse dentro del marco eclesial del Vaticano II. Este es la «brújula para la Iglesia del siglo XXI» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 43) y para la vida consagrada de nuestros días. Este marco eclesial pide a los jóvenes un compromiso y una participación en la vida de la Iglesia, como actores y no como simples espectadores. También deben sentirse partícipes de la vida consagrada: sus actividades, su espiritualidad, su carisma su vida fraterna, su forma de vivir el seguimiento de Cristo.

Evangélica y como tal comprometida y responsable. La propuesta de fe, como la propuesta vocacional a la vida consagrada, han de partir del centro de toda pastoral: Jesucristo, tal como nos viene presentado en el Evangelio. No vale evadirse, ni valen huidas intimistas o compromisos meramente sociales. Lejos de la pastoral vocacional la «pastoral show» o la «pastoral pasatiempos». Al joven hay que ponerlo ante las exigencias del Evangelio. «El Evangelio es exigente y requiere ser vivido con radicalidad y sinceridad» (Carta a todos los consagrados, 21 noviembre 2014, I,2). Al joven hay que ponerle en una situación en la que acepte responsablemente las consecuencias de la propia fe y del seguimiento de Cristo. En este tipo de pastoral no se trata de reclutar agentes sociales, sino verdaderos discípulos de Jesús con el mandamiento nuevo del Señor como consigna y con el código de las bienaventuranzas como estilo de vida.

Acompañada. Una cosa es clara en la pastoral juvenil: Es necesario acompañar a los jóvenes, caminar con ellos, escucharles, provocarles, moverles para que vayan más allá de las comodidades en las que descansan, despertar el deseo, interpretarles lo que están viviendo, llevarles a Jesús y siempre favoreciendo la libertad para que respondan a la llamada del Señor libre y responsablemente (cf. Sínodo de los Obispos, XV Asamblea general ordinaria, Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Documento preparatorio, 2017, III, 1). Es necesario crear ambiente de confianza, hacer sentir a los jóvenes que son amados como son y por lo que son. El texto de los discípulos de Emaús puede ser un buen ejemplo de acompañamiento (cf. Lc 24,13-35). La relación personal con los jóvenes de parte de los consagrados es insustituible.

Perseverante. Con los jóvenes hay que ser perseverantes, sembrar y esperar pacientemente que la semilla crezca y un día pueda dar su fruto. La misión del agente de pastoral juvenil tiene que ser bien consciente que su labor es la de sembrar, otro hará crecer y otros recogerán los frutos.

Juvenil. No podemos tratar a los jóvenes como si no fueran tales. Nuestra pastoral juvenil debe estar marcada por las siguientes notas: dinámica, participativa, alegre, esperanzada, arriesgada, confiada. Y siempre llena de Dios, que es lo que más necesita un joven para llenar sus justos anhelos de plenitud; llena de Jesús que es el único camino que ellos han de recorrer, la única verdad a la que ellos son llamados a adherirse, la única vida por la que merece la pena entregarlo todo (cf. Jn 1,35ss).

Queridos participantes en este Congreso: Dos cosas me parecen ciertas en el tema de la pastoral vocacional y vida consagrada. La primera es que no hay respuestas mágicas y la segunda es que a la vida consagrada, como del resto a toda la Iglesia, se le está pidiendo una verdadera «conversión pastoral», no solo de lenguaje, sino también de estilo de vida, si quiere conectar con los jóvenes y proponerles un camino de fe y hacerles una propuesta vocacional.

Qué nadie os robe la alegría de seguir a Jesucristo y la valentía de proponerlo a los demás como camino, verdad y vida (Jn 14,6) ¡Rompamos nuestros miedos! Es el momento para que los jóvenes sueñen y los ancianos profeticen (Jl 2,28). ¡Levantémonos ya! «Manos a la obra» (Esd 10,4). Los jóvenes nos esperan. ¡Es hora de caminar!

Vaticano, 25 de noviembre de 2017

FRANCISCO

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html 1 dicembre 2017


 


Cari fratelli e sorelle,

Saluto i partecipanti a questo Congresso Internazionale promosso dalla Congregazione per gli Istituti di Vita Consacrata e le Società di Vita Apostolica su «Pastorale vocazionale e vita consacrata. Orizzonti e speranze». Ringrazio la Congregazione per l’iniziativa di questo evento che vuole essere l’apporto del Dicastero al prossimo Sinodo dei Vescovi che si occuperà del tema: «I giovani, la fede e il discernimento vocazionale». Frattanto, attraverso questo messaggio, saluto tutti voi che siete venuti a Roma per partecipare al presente incontro, vi assicuro anche della mia preghiera al P a d ro ne della messe affinché questo Congresso aiuti tutti i consacrati a dare una risposta generosa alla loro vocazione, e, al tempo stesso, li aiuti tutti a intensificare la pastorale vocazionale tra le famiglie e i giovani di modo che quanti sono chiamati alla sequela di Cristo nella vita consacrata, o in altre vocazioni all’interno del Popolo di Dio, possano trovare i canali adeguati per accogliere questa chiamata e rispondervi con generosità. Innanzitutto desidero presentarvi alcune convinzioni sulla pastorale vocazionale . E la prima è questa: parlare di pastorale vocazionale è affermare che ogni azione pastorale della Chiesa è orientata, per sua stessa natura, al discernimento vocazionale, in quanto il suo obiettivo ultimo è aiutare il credente a scoprire il cammino concreto per realizzare il progetto di vita al quale Dio lo chiama. Il servizio vocazionale deve essere visto come l’anima di tutta l’evangelizzazione e di tutta la pastorale della Chiesa. Fedele a questo principio non esito ad affermare che la pastorale vocazionale non si può ridurre ad attività rinchiuse in se stesse. Il che potrebbe trasformarsi in proselitismo e potrebbe portare anche a cadere nella «tentazione di facili e improvvidi reclutamenti» (Giovanni Paolo II , Esortazione Apostolica Vita consecrata , n. 64). La pastorale vocazionale, invece, deve porsi in stretto rapporto con l’evangelizzazione e l’educazione alla fede, affinché la pastorale vocazionale sia un vero itinerario di fede e porti all’incontro personale con Cristo, e con la pastorale ordinaria, specialmente con la pastorale della famiglia, di modo che i genitori si assumano, con gioia e responsabilità, la loro missione di essere i primi animatori vocazionali dei figli, liberando se stessi e liberando i propri figli dal rimanere bloccati all’interno di prospettive egoistiche, di calcolo e di potere, che molte volte emergono in seno alle famiglie, anche in quelle praticanti. Ciò significa consolidare la proposta vocazionale, e anche la proposta vocazionale alla vita consacrata, in una solida ecclesiologia e in un’adeguata teologia della vita consacrata, che proponga e valorizzi opportunamente tutte le vocazioni tra il Popolo di Dio. Una seconda convinzione è che la pastorale vocazionale deve avere il suo “humus” più adeguato nella pastorale giovanile. Pastorale giovanile e pastorale vocazionale devono tenersi per mano. La pastorale vocazionale poggia, sorge e si sviluppa nella pastorale giovanile. Da parte sua, la pastorale giovanile, per essere dinamica, completa, efficace e veramente formativa, deve essere aperta alla dimensione vocazionale. Il che significa che la dimensione vocazionale della pastorale giovanile non è qualcosa che si deve proporre solo alla fine di tutto il processo o a un gruppo particolarmente sensibile a una chiamata vocazionale specifica, ma che si deve proporre costantemente nel corso di tutto il processo di evangelizzazione e di educazione nella fede degli adolescenti e dei giovani. Una terza convinzione è che la preghiera deve occupare un posto molto importante nella pastorale vocazionale. Il Signore lo dice chiaramente: «Pregate dunque il padrone della messe che mandi operai nella sua messe» ( Mt 9, 38). La preghiera costituisce il primo e insostituibile servizio che possiamo offrire alla causa delle vocazioni. Posto che la vocazione è sempre un dono di Dio, la chiamata vocazionale e la risposta a tale vocazione possono risuonare e farsi sentire solo nella preghiera, senza che ciò sia inteso come un facile mezzo per disinteressarci del lavoro nell’evangelizzazione dei giovani affinché si aprano alla chiamata del Signore. Pregare per le vocazioni presuppone, in primo luogo, pregare e lavorare per la fedeltà alla propria vocazione; creare ambiti in cui sia possibile ascoltare la chiamata del Signore; metterci in cammino per annunciare il «vangelo della vocazione», per promuovere e suscitare vocazioni. Chi prega davvero per le vocazioni, lavora instancabilmente per creare una cultura vocazionale. Questi principi mi portano ora a presentarvi alcune sfide che ritengo importanti. Una prima sfida è quella della fiducia. Fiducia nei giovani e fiducia nel Signore. Fiducia nei giovani, perché ci sono molti giovani che, pur appartenendo alla generazione “selfie” o a questa cultura che, più che “fluida” sembra essere “gassosa”, cercano un senso pieno per la loro vita, anche se non sempre lo cercano là dove lo possono trovare. È qui che noi consacrati abbiamo un ruolo importante: restare desti per destare i giovani, essere incentrati sul Signore per poter aiutare il giovane a incentrarsi su di Lui. Molte volte i giovani si aspettano da noi un annuncio esplicito del «vangelo della vocazione», una proposta coraggiosa, evangelicamente esigente e al tempo stesso profondamente umana, senza sconti e senza rigidità. Inoltre fiducia nel Signore, sicuri che Lui continua a suscitare nel Popolo di Dio diverse vocazioni per il servizio del Regno. Bisogna vincere la facile tentazione che ci porta a pensare che in certi ambiti non è più possibile suscitare vocazioni. «Nulla è impossibile» a Dio ( Lc 1, 37). Ogni tratto della storia è tempo di Dio, anche il nostro, perché il suo Spirito soffia dove vuole, come vuole e quando vuole (cfr. Gv 3, 8). Qualunque stagione può essere un «kairos» per mietere il raccolto (cfr. Gv 4, 35-38). Un’altra sfida importante è la lucidità. È necessario avere uno sguardo acuto e, al tempo stesso, uno sguardo di fede sul mondo, e in particolare sul mondo dei giovani. È essenziale conoscere bene la nostra società e l’attuale generazione dei giovani di modo che, cercando i mezzi opportuni per annunciare loro la Buona Novella, possiamo annunciare loro anche il «vangelo della vocazione». Altrimenti staremmo dando risposte a domande che nessuno si fa. Un’ultima sfida che vorrei segnalare è la convinzione. Per proporre oggi a un giovane il «vieni e seguimi» (cfr. Gv 1, 39) occorre audacia evangelica ; la convinzione che la sequela di Cristo, anche nella vita consacrata, vale la pena, e che il dono totale di sé alla causa del Vangelo è qualcosa di stupendo e bello che può dare un senso a tutta una vita. Solo così la pastorale vocazionale sarà narrazione di ciò che si vive e con cui si riempie di senso la propria vita. E solo così la pastorale vocazionale sarà una proposta convincente. Il giovane, come tutti i nostri contemporanei, non crede più tanto ai maestri, vuole invece vedere testimoni di Cristo (cfr. Paolo VI , Esortazione Apostolica Evangelii nuntiandi , n. 41). Se desideriamo che una proposta vocazionale a seguire Cristo tocchi il cuore dei giovani e questi si sentano attratti da Cristo e dalla sequela Christi p ro p r i a della vita consacrata, la pastorale vocazionale deve essere: D i f f e re n z i a t a , in modo da rispondere alle domande che ogni giovane si pone e da offrire a ognuno di loro il necessario per colmare in abbondanza il loro desiderio di ricerca (cfr. Gv 10, 10). Non si può dimenticare che il Signore chiama ciascuno per nome, con la sua storia, e a ciascuno offre e chiede un cammino personale e intrasferibile nella sua risposta vocazionale. N a r ra t i v a . Il giovane vuole vedere «narrato» nella vita concreta di un consacrato il modello da seguire: Gesù Cristo. La pastorale del «contagio», del «vieni e vedrai», è l’unica pastorale vocazionale veramente evangelica, senza sapore di proselitismo. «I giovani sentono il bisogno di figure di riferimento vicine, credibili, coerenti e oneste, oltre che di luoghi e occasioni in cui mettere alla prova la capacità di relazione con gli altri» (Sinodo dei Vescovi, XV Assemblea generale ordinaria, I giovani, la fede e il discernimento vocazionale. Documento preparatorio , 2017, n. 2). Solo una proposta di fede vocazionale incarnata può entrare nella vita di un giovane e non il contrario. Ecclesiale . Una proposta di fede o vocazionale ai giovani si deve fare nella cornice ecclesiale del Vaticano II . È questa la «bussola per la Chiesa nel XXI secolo» (cfr. Giovanni Paolo II , Lettera Apostolica Novo millennio ineunte , n. 43) e per la vita consacrata ai giorni nostri. Questa cornice ecclesiale chiede ai giovani un impegno e una partecipazione alla vita della Chiesa come attori e non come semplici spettatori. Si devono anche sentire partecipi della vita consacrata, con le sue attività, la sua spiritualità, il suo carisma, la sua vita fraterna, il suo modo di vivere la sequela di Cristo. Evangelica e come tale impegnata e responsabile . La proposta di fede, come pure la proposta vocazionale alla vita consacrata, devono partire dal centro di ogni pastorale: Gesù Cristo, così come ci viene presentato nel Vangelo. Non serve evadere, né servono le fughe intimiste o gli impegni meramente sociali. La «pastorale show» o la «pastorale passatempo» sono lontane dalla pastorale vocazionale. Il giovane va posto dinanzi alle esigenze del Vangelo. «Il Vangelo è esigente e domanda di essere vissuto con radicalità e sincerità» ( Lettera a tutti i consacrati , 21 novembre 2014, n. 2). Il giovane va messo in una situazione in cui accetti responsabilmente le conseguenze della propria fede e della sequela di Cristo. In questo tipo di pastorale non si tratta di reclutare agenti sociali, ma veri discepoli di Gesù con il comandamento nuovo del Signore come parola d’ordine e con il codice delle beatitudini come stile di vita. Ac c o m p a g n a t a . Una cosa è chiara nella pastorale giovanile: è necessario accompagnare i giovani, camminare con loro, ascoltarli, provocarli, scuoterli perché vadano al di là delle comodità in cui si adagiano, risvegliare il desiderio, spiegare loro che cosa stanno vivendo, condurli da Gesù, e sempre favorendo la libertà affinché rispondano alla chiamata del Signore in modo libero e responsabile (cfr. Sinodo dei Vescovi, XV Assemblea generale ordinaria, I giovani, la fede e il discernimento vocazionale. Documento preparatorio , 2017, III , 1). È necessario creare un clima di fiducia, far sentire ai giovani che sono amati così come sono e per quello che sono. Il passo dei discepoli di Emmaus può essere un buon esempio di accompagnamento (cfr. Lc 24, 13-35). Il rapporto personale con i giovani da parte dei consacrati è insostituibile. P e rs e v e ra n t e . Con i giovani bisogna essere perseveranti, seminare e attendere pazientemente che il seme cresca e un giorno possa recare frutto. L’agente di pastorale giovanile nella sua missione deve essere ben consapevole che il suo lavoro è quello di seminare, qualcun altro farà crescere e altri ancora raccoglieranno i frutti. Giovanile . Non possiamo trattare i giovani come se non fossero tali. La nostra pastorale giovanile deve essere caratterizzata dalle seguenti note: dinamica, partecipativa, gioiosa, speranzosa, audace, fiduciosa. E sempre piena di Dio, che è ciò di cui ha più bisogno un giovane per colmare il suo giusto anelito di pienezza: piena di Gesù che è l’unico cammino che i giovani devono percorrere, l’unica verità a cui sono chiamati ad aderire, l’unica vita per cui vale la pena dare tutto (cfr. Gv 1, 35 e seg.). Cari partecipanti a questo Congresso, due cose mi sembrano certe nel tema della pastorale vocazionale e della vita consacrata. La prima è che non ci sono risposte magiche e la seconda che alla vita consacrata, come del resto a tutta la Chiesa, si sta chiedendo una vera «conversione pastorale», non solo di linguaggio, ma anche di stile di vita, se vuole connettersi con i giovani per proporre loro un cammino di fede e fare loro una proposta vo cazionale. Che nessuno vi rubi la gioia di seguire Gesù Cristo e il coraggio di proporlo agli altri come la via, la verità e la vita ( Gv 14, 6). Spezziamo le nostre paure! È giunto il momento che i giovani sognino e gli anziani profetizzino (cfr. Gioe 2, 28). Alziamoci! «Mettiamoci all’opera» (cfr. Esd 10, 4). I giovani ci aspettano. È ora di metterci in cammino.

© Osservatore Romano 2 dicembre 2017

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