videomessaggio papa decDal 1° al 3 dicembre 2017 ha luogo a Bogotá, nella sede della Conferenza Episcopale Colombiana, un convegno dal titolo “Incontro di cattolici che assumono responsabilità politiche al servizio dei popoli latinoamericani”, promosso dalla Pontificia Commissione per l'America Latina (CAL) e dal Consiglio episcopale latinoamericano (CELAM).

Pubblichiamo di seguito il testo del videomessaggio che il Santo Padre Francesco ha inviato ai partecipanti:

Videomessaggio del Santo Padre

¡Buenos días!

Deseo saludar y agradecer, ante todo, a los dirigentes políticos que han aceptado la invitación a participar en un evento que yo mismo he alentado desde su génesis: «el Encuentro de laicos católicos que asumen responsabilidades políticas al servicio de los pueblos de América Latina». Saludo también a los Señores Cardenales y Obispos que los acompañan, con quienes tendrán seguramente un diálogo de mucho provecho para todos.

Desde el Papa Pío XII hasta ahora, los sucesivos pontífices siempre se han referido a la política como «alta forma de la caridad». Podría traducirse también como servicio inestimable de entrega para la consecución del bien común de la sociedad. La política es ante todo servicio; no es sierva de ambiciones individuales, de prepotencia de facciones o de centros de intereses. Como servicio, no es tampoco patrona, que pretende regir todas las dimensiones de la vida de las personas, incluso recayendo en formas de autocracia y totalitarismo. Y cuando hablo de autocracia y totalitarismo no estoy hablando del siglo pasado, estoy hablando de hoy, en el mundo de hoy, y quizás también de algún país de América Latina. Se podría afirmar que el servicio de Jesús —que vino a servir y no a ser servido— y el servicio que el Señor exige de sus apóstoles y discípulos es analógicamente el tipo de servicio que se pide a los políticos. Es un servicio de sacrificio y entrega, al punto tal que a veces se puede considerar a los políticos como “mártires” de causas para el bien común de sus naciones.

La referencia fundamental de este servicio, que requiere constancia, empeño e inteligencia, es el bien común, sin el cual los derechos y las más nobles aspiraciones de las personas, de las familias y de los grupos intermedios en general no podrían realizarse cabalmente, porque faltaría el espacio ordenado y civil en los cuales vivir y operar. Es un poco el bien común concebido como atmósfera de crecimiento de la persona, de la familia, de los grupos intermedios. El bien común. El Concilio Vaticano II definió el bien común, de acuerdo con el patrimonio de la Doctrina Social de la Iglesia, como «el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección» (Gaudium et spes, n. 74). Es claro que no hay que oponer servicio a poder —¡nadie quiere un poder impotente!—, pero el poder tiene que estar ordenado al servicio para no degenerarse. O sea, todo poder que no esté ordenado al servicio se degenera. Por supuesto que me estoy refiriendo a la «buena política», en su más noble acepción de significado, y no a las degeneraciones de lo que llamamos «politiquería». «La mejor manera de llegar a una política auténticamente humana —enseña una vez más el Concilio— es fomentar el sentido interior de la justicia, de la benevolencia y del servicio al bien común y robustecer las convicciones fundamentales en lo que toca a la naturaleza verdadera de la comunidad política y al fin, recto ejercicio y límites de los poderes públicos» (ibíd., n. 73). Tengan todos ustedes la seguridad de que la Iglesia católica «alaba y estima la labor de quienes, al servicio del hombre, se consagran al bien de la cosa pública y aceptan las cargas de este oficio» (ibíd., n. 75).

Al mismo tiempo, también estoy seguro que todos sentimos la necesidad de rehabilitar la dignidad de la política. Si me refiero a América Latina, ¡cómo no observar el descrédito popular que están sufriendo todas las instancias políticas, la crisis de los partidos políticos, la ausencia de debates políticos de altura que apunten a proyectos y estrategias nacionales y latinoamericanas que vayan más allá de las políticas de cabotaje! Además, con frecuencia el diálogo abierto y respetuoso que busca las convergencias posibles con frecuencia se sustituye por esas ráfagas de acusaciones recíprocas y recaídas demagógicas. Falta también la formación y el recambio de nuevas generaciones políticas. Por eso los pueblos miran de lejos y critican a los políticos y los ven como corporación de profesionales que tienen sus propios intereses o los denuncian airados, a veces sin las necesarias distinciones, como teñidos de corrupción. Esto nada tiene que ver con la necesaria y positiva participación de los pueblos, apasionados por su propia vida y destino, que tendría que animar la escena política de las naciones. Lo que es claro es que se necesitan dirigentes políticos que vivan con pasión su servicio a los pueblos, que vibren con las fibras íntimas de su ethos y cultura, solidarios con sus sufrimientos y esperanzas; políticos que antepongan el bien común a sus intereses privados, que no se dejen amedrentar por los grandes poderes financieros y mediáticos, que sean competentes y pacientes ante problemas complejos, que estén abiertos a escuchar y aprender en el diálogo democrático, que combinen la búsqueda de la justicia con la misericordia y la reconciliación. No nos contentemos con la poquedad de la política: necesitamos dirigentes políticos capaces de movilizar vastos sectores populares en pos de grandes objetivos nacionales y latinoamericanos. Conozco personalmente a dirigentes políticos latinoamericanos con distinta orientación política, que se acercan a esta figura ideal.

¡Cuánta necesidad estamos teniendo de una «buena y noble política» y de sus protagonistas hoy en América Latina! ¿Acaso no hay que enfrentar problemas y desafíos de gran magnitud? Ante todo, la custodia del don de la vida en todas sus etapas y manifestaciones. América Latina tiene también necesidad de un crecimiento industrial, tecnológico, auto-sostenido y sustentable, junto con políticas que enfrenten el drama de la pobreza y que apunten a la equidad y a la inclusión, porque no es verdadero desarrollo el que deja a multitudes desamparadas y sigue alimentando una escandalosa desigualdad social. No se puede descuidar una educación integral, que comienza en la familia y se desarrolla en una escolarización para todos y de calidad. Hay que fortalecer el tejido familiar y social. Una cultura del encuentro —y no de los permanentes antagonismos— tiene que fortalecer los vínculos fundamentales de humanidad y sociabilidad y poner cimientos fuertes a una amistad social, que deje atrás las tenazas del individualismo y la masificación, la polarización y la manipulación. Tenemos que encaminarnos hacia democracias maduras, participativas, sin las lacras de la corrupción, o de las colonizaciones ideológicas, o las pretensiones autocráticas y las demagogias baratas. Cuidemos nuestra casa común y sus habitantes más vulnerables evitando todo tipo de indiferencias suicidas y de explotaciones salvajes. Levantemos nuevamente muy en alto y muy concretamente la exigencia de una integración económica, social, cultural y política de pueblos hermanos para ir construyendo nuestro continente, que será todavía más grande cuando incorpore «todas las sangres», completando su mestizaje, y sea paradigma de respeto de los derechos humanos, de paz, de justicia. No podemos resignarnos a la situación deteriorada en que con frecuencia hoy nos debatimos.

Quisiera dar un paso más en esta reflexión. El papa Benedicto XVI señaló con preocupación en su discurso de inauguración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida «la notable ausencia en el ámbito político […] de voces e iniciativas de líderes católicos de fuerte personalidad y de vocación abnegada que sean coherentes con sus convicciones éticas y religiosas». Y los Obispos de todo el continente quisieron incorporar esta observación en las conclusiones de Aparecida, hablando de los «discípulos y misioneros en la vida pública» (n. 502). En verdad, en un continente con un gran número de bautizados en la Iglesia católica, de sustrato cultural católico, en el que la tradición católica está todavía muy vigente en los pueblos y en el que abundan las grandes manifestaciones de la piedad popular, ¿cómo es posible que los católicos aparezcan más bien irrelevantes en la escena política, incluso asimilados a una lógica mundana? Es cierto que hay testimonios de católicos ejemplares en la escena pública, pero se nota la ausencia de corrientes fuertes que estén abriendo camino al Evangelio en la vida política de las naciones. Y esto no quiere decir hacer proselitismo a través de la política, nada que ver. Hay muchos que se confiesan católicos —y no nos está permitido juzgar sus conciencias, pero sí sus actos—, que muchas veces ponen de manifiesto una escasa coherencia con las convicciones éticas y religiosas propias del magisterio católico. No sabemos lo que pasa en su conciencia, no podemos juzgarla, pero vemos sus actos. Hay otros que viven de modo tan absorbente sus compromisos políticos que su fe va quedando relegada a un segundo plano, empobreciéndose, sin la capacidad de ser criterio rector y de dar su impronta a todas las dimensiones de vida de la persona, incluso a su praxis política. Y no faltan quienes no se sienten reconocidos, alentados, acompañados y sostenidos en la custodia y crecimiento de su fe, por parte de los Pastores y de las comunidades cristianas. Al final, la contribución cristiana en el acontecer político aparece sólo a través de declaraciones de los Episcopados, sin que se advierta la misión peculiar de los laicos católicos de ordenar, gestionar y transformar la sociedad según los criterios evangélicos y el patrimonio de la Doctrina Social de la Iglesia.

Por todo ello, quise escoger como tema de la anterior Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina el tema: «El indispensable compromiso de los laicos católicos en la escena pública de los países latinoamericanos» (1-4 marzo 2017). Y el 13 de marzo envié una carta al Presidente de esa Comisión, el Cardenal Marc Ouellet, con la que advertía una vez más sobre el riesgo del clericalismo y planteaba la pregunta: «¿Qué significa para nosotros pastores que los laicos estén trabajando en la vida pública?». «Significa buscar la manera de poder alentar, acompañar y estimular los intentos, esfuerzos que ya hoy se hacen por mantener viva la esperanza y la fe en un mundo de contradicciones especialmente para los más pobres. Significa como pastores comprometernos en medio de nuestro pueblo y con nuestro pueblo sostener la fe y su esperanza. Abriendo puertas, trabajando con ellos, soñando con ellos, reflexionando y especialmente rezando con ellos. Necesitamos reconocer la ciudad —y por lo tanto todos los espacios donde se desarrolla la vida de nuestra gente— desde una mirada contemplativa, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, en sus plazas».

Y al contrario, «muchas veces hemos caído en la tentación de pensar que el así llamado “laico comprometido” es aquel que trabaja en las obras de la Iglesia y/o en las cosas de la parroquia o de la diócesis y poco hemos reflexionado cómo acompañar a un bautizado en su vida pública y cotidiana; y cómo se compromete como cristiano en la vida pública. Sin darnos cuenta, hemos generado una élite laical creyendo que son “laicos comprometidos” sólo aquellos que trabajan en cosas “de los curas” y hemos olvidado, descuidado, al creyente que muchas veces quema su esperanza en la lucha cotidiana por vivir su fe. Estas son las situaciones que el clericalismo no puede ver, ya que está muy preocupado por dominar espacios más que por generar procesos. Por eso, debemos reconocer que el laico por su propia realidad, por su propia identidad, por estar inmerso en el corazón de la vida social, pública y política, por estar en medio de nuevas formas culturales que se gestan continuamente tiene exigencias de nuevas formas de organización y de celebración de la fe».

Es necesario que los laicos católicos no queden indiferentes a la cosa pública, ni replegados dentro de los templos, ni que esperen las directivas y consignas eclesiásticas para luchar por la justicia, por formas de vida más humana para todos. «No es nunca el pastor el que le dice al laico lo que tiene que hacer o decir, ellos lo saben mejor que nosotros… No es el pastor el que tiene que determinar lo que tienen que decir en los distintos ámbitos los fieles. Como pastores, unidos a nuestro pueblo, nos hace bien preguntarnos cómo estamos estimulando y promoviendo la caridad y la fraternidad, el deseo del bien, y de la verdad y la justicia. Cómo hacemos para que la corrupción no anide en nuestros corazones». Incluso en nuestros corazones de pastores. Y, a la vez, nos hace bien escuchar con mucha atención la experiencia, reflexiones e inquietudes que pueden compartir con nosotros los laicos que viven su fe en los diversos ámbitos de la vida social y política.

Vuestro diálogo sincero en este Encuentro es muy importante. Hablen con libertad. Un diálogo que sea entre católicos, prelados y políticos, en el que la comunión entre personas de la misma fe resulte más determinante que las legítimas oposiciones de opciones políticas. Por algo y para algo participamos en la Eucaristía, fuente y culmen de toda comunión. De vuestro diálogo se podrán ir sacando factores iluminantes, factores orientadores para la misión de la Iglesia en la actualidad. ¡Gracias de nuevo, y buen trabajo!

© http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino.html 1 dicembre 2017




Buongiorno! Desidero innanzitutto salutare e ringraziare i dirigenti politici che hanno accettato l’invito a partecipare a un evento che io stesso ho incoraggiato fin dalla sua genesi: “l’Incontro dei laici cattolici che si assumono responsabilità politiche al servizio dei popoli dell’America Latina”. Saluto anche i signori Cardinali e Vescovi che li accompagnano, con i quali avrete un dialogo che sarà molto utile a tutti. Da Papa Pio XII fino ad oggi, i pontefici che si sono succeduti hanno sempre fatto riferimento alla politica come “alta forma della carità”. Si potrebbe tradurre anche come servizio inestimabile di dedizione per il conseguimento del bene comune della società. La politica è prima di tutto servizio; non è serva di ambizioni individuali, di prepotenza di fazioni e di centri d’interessi. Come servizio, non è neppure padrona, pretendendo di regolare tutte le dimensioni della vita delle persone e ricadendo addirittura in forme di autocrazia e totalitarismo. E quando parlo di autocrazia e di totalitarismo non sto parlando del secolo passato, sto parlando di oggi, del mondo di oggi, e forse anche di qualche paese dell’America Latina. Si potrebbe affermare che il servizio di Gesù — che è venuto a servire e non a essere servito — e il servizio che il Signore esige dai suoi apostoli e discepoli è per analogia il tipo di servizio che si chiede ai politici. È un servizio di sacrificio e di dedizione, al punto che a volte si possono considerare i politici come “martiri” di cause per il bene comune delle loro nazioni. Il punto di riferimento fondamentale di questo servizio, che richiede costanza, impegno e intelligenza, è il bene comune, senza il quale i diritti e le più nobili aspirazioni delle persone, delle famiglie e dei gruppi intermedi in generale, non potrebbero realizzarsi pienamente, perché mancherebbe lo spazio ordinato e civile in cui vivere e operare. È in qualche modo il bene comune concepito come clima di crescita della persona, della famiglia, dei gruppi intermedi. Il bene comune. Il Concilio Vaticano II ha definito il bene comune, secondo il patrimonio della Dottrina Sociale della Chiesa, come «l’insieme di quelle condizioni di vita sociale che consentono e facilitano agli esseri umani, alle famiglie e alle associazioni il conseguimento più pieno della loro perfezione» ( Gaudium et spes , n. 74). È chiaro che non bisogna contrapporre il servizio al potere — nessuno vuole un potere impotente! — ma il potere deve essere ordinato al servizio per non degenerare. Ossia, ogni potere non ordinato al servizio degenera. Naturalmente non mi sto riferendo alla “buona politica”, nell’accezione più nobile del suo significato, e neppure alle degenerazioni di quella che chiamiamo “p oliticheria”. «Per instaurare una vita politica veramente umana — insegna ancora il Concilio — non c’è niente di meglio che coltivare il senso interiore della giustizia, dell’amore e del servizio al bene comune e rafforzare le convinzioni fondamentali sulla vera natura della comunità politica e sul fine, sul buon esercizio e sui limiti di competenza dell’autorità pubblica» ( Ibidem , n. 73). Siate certi che la Chiesa cattolica «stima degna di lode e di considerazione l’opera di coloro che, per servire gli uomini, si dedicano al bene della cosa pubblica e assumono il peso delle relative responsabilità» ( Ibidem , n. 75). Al tempo stesso, sono anche certo che tutti sentiamo il bisogno di riabilitare la dignità della politica . Se penso all’America Latina, come non osservare il discredito popolare in cui sono cadute tutte le istanze politiche, la crisi dei partiti politici, l’assenza di dibattiti politici di valore che mirino a progetti e strategie a livello nazionale e latinoamericano che vadano al di là delle politiche di cabotaggio! Inoltre il dialogo aperto e rispettoso che ricerca le convergenze possibili spesso viene sostituito da raffiche di accuse reciproche e ricadute demagogiche. Mancano anche la formazione e il ricambio di nuove generazioni politiche. Perciò i popoli guardano da lontano e criticano i politici e li vedono come una corporazione di professionisti che curano i propri interessi o li denunciano con rabbia, a volte senza le dovute distinzioni, come impregnati di corruzione. Ciò non ha nulla a che vedere con la necessaria e positiva partecipazione dei popoli, appassionati della propria vita e del proprio destino, che dovrebbe animare lo scenario politico delle nazioni. Ciò che è chiaro è che c’è bisogno di dirigenti politici che vivano con passione il proprio servizio ai popoli, che vibrino con le fibre intime del loro ethos e della loro cultura, solidali con le loro sofferenze e le loro speranze; politici che antepongano il bene comune ai loro interessi privati, che non si lascino intimorire dai grandi poteri finanziari e mediatici, che siano competenti e pazienti di fronte a problemi complessi, che siano aperti ad ascoltare e imparare nel dialogo democratico, che coniughino la ricerca della giustizia con la misericordia e la riconciliazione. Non ci accontentiamo della pochezza della politica: abbiamo bisogno di dirigenti politici capaci di mobilitare vasti settori popolari inseguendo grandi obiettivi nazionali e latinoamericani. Conosco personalmente dirigenti politici latinoamericani di diverso orientamento politico che si avvicinano a questa figura ideale. Quanto abbiamo bisogno oggi in America Latina di una “buona e nobile politica” e dei suoi protagonisti! Non dobbiamo forse affrontare problemi e sfide molto grandi? In primo luogo la custodia del dono della vita in tutte le sue fasi e manifestazioni. L’America Latina ha anche bisogno di una crescita industriale, tecnologica, autosostenuta e sostenibile, accanto a politiche che affrontino il dramma della povertà e che mirino all’equità e all’inclusione, perché non è vero sviluppo quello che lascia moltitudini indifese e continua ad alimentare una scandalosa disuguaglianza sociale. Non si può trascurare un’educazione integrale, che comincia nella famiglia e si sviluppa in una scolarizzazione per tutti e di qualità. Occorre rafforzare il tessuto familiare e sociale. Una cultura d’incontro — e non di costanti antagonismi — deve rafforzare i vincoli fondamentali di umanità e di sociabilità e gettare solide fondamenta per un’amicizia sociale che si lasci alle spalle le tenaglie dell’individualismo e della massificazione, della polarizzazione e della manipolazione. Dobbiamo incamminarci verso democrazie mature, partecipative, senza le piaghe della corruzione o delle colonizzazioni ideologiche, o le pretese autocratiche e le demagogie a buon mercato. Prendiamoci cura della nostra casa comune e dei suoi abitanti più vulnerabili, evitando ogni tipo d’indifferenza suicida e di sfruttamento selvaggio. Risolleviamo in alto e concretamente l’esigenza di un’integrazione economica, sociale, culturale e politica di popoli fratelli per costruire poco a poco il nostro continente, che sarà ancora più grande quando includerà “tutte le identità”, completando il suo meticciato, e sarà paradigma di rispetto dei diritti umani, di pace, di giustizia. Non possiamo rassegnarci alla situazione deteriorata in cui spesso ci dibattiamo oggi. Vorrei compiere un ulteriore passo in questa riflessione. Papa Benedetto XVI , nel suo discorso d’inaugurazione della V C o n f e re n za Generale dell’Episcopato Latinoamericano ad Aparecida, ha indicato con preoccupazione: «la notevole assenza, nell’ambito politico [...] di voci e di iniziative di leader cattolici di forte personalità e di dedizione generosa, che siano coerenti con le loro convinzioni etiche e religiose». E i Vescovi di tutto il continente hanno deciso d’inserire quell’osservazione nelle conclusioni di Aparecida, parlando dei «discepoli e missionari nella vita pubblica» (n. 502). In realtà, in un continente con un gran numero di battezzati nella Chiesa cattolica, dal sostrato culturale cattolico, in cui la tradizione cattolica è ancora molto viva nei popoli e in cui abbondano le grandi manifestazioni della pietà popolare, com’è possibile che i cattolici appaiano piuttosto irrilevanti nello scenario politico, o addirittura assimilati a una logica mondana? È indubbio che ci sono testimonianze di cattolici esemplari sulla scena politica, ma si nota l’assenza di correnti forti che aprano la strada al Vangelo nella vita politica delle nazioni. E ciò non vuol dire fare proselitismo attraverso la politica, niente a che vedere con questo. Ci sono molti che si professano cattolici — e non ci è dato giudicare le loro coscienze, ma sì i loro atti —, che spesso dimostrano una scarsa coerenza con le convinzioni etiche e religiose proprie del magistero cattolico. Non sappiamo che cosa avviene nella loro coscienza, non possiamo giudicarla, ma vediamo i loro atti. Ce ne sono altri che sono talmente assorbiti dai loro impegni politici da finire col relegare la loro fede in secondo piano, impoverendosi, senza la capacità di essere criterio guida e di lasciare la propria impronta in tutte le dimensioni della vita della persona, anche nella sua pratica politica. E non mancano quanti non si sentono riconosciuti, incoraggiati, accompagnati e sostenuti nella custodia e nella crescita della loro fede, dai Pastori e dalle comunità cristiane. Alla fine, il contributo cristiano all’azione politica si manifesta solo attraverso le dichiarazioni degli Episcopati, senza che si avverta la missione peculiare dei laici cattolici di ordinare, gestire e trasformare la società secondo i criteri evangelici e il patrimonio della Dottrina Sociale della Chiesa. Per tutto ciò, ho voluto scegliere come tema della precedente Assemblea Plenaria della Pontifica Commissione per l’America Latina il tema: «L’indispensabile impegno dei laici cattolici nella vita pubblica dei Paesi latinoamericani» (1-4 marzo 2017). E il 13 marzo ho inviato una lettera al Presidente di quella Commissione, il Cardinale Marc Ouellet, nella quale ho ancora una volta messo in guardia sul rischio del clericalismo e ho posto la domanda: «Che cosa significa per noi pastori il fatto che i laici stiano lavorando nella vita pubblica?». «Significa cercare il modo per poter incoraggiare, accompagnare e stimolare tutti i tentativi e gli sforzi che oggi già si fanno per mantenere viva la speranza e la fede in un mondo pieno di contraddizioni, specialmente per i più poveri, specialmente con i più poveri. Significa, come pastori, impegnarci in mezzo al nostro popolo e, con il nostro popolo, sostenere la fede e la sua speranza. Aprendo porte, lavorando con lui, sognando con lui, riflettendo e soprattutto pregando con lui. “Abbiamo bisogno di riconoscere la città” — e pertanto tutti gli spazi dove si svolge la vita della nostra gente — “a partire da uno sguardo contemplativo, ossia uno sguardo di fede che scopra quel Dio che abita nelle sue case, nelle sue strade, nelle sue piazze”». E invece «molte volte siamo caduti nella tentazione di pensare che il laico impegnato sia colui che lavora nelle opere della Chiesa e/o nelle cose della parrocchia o della diocesi, e abbiamo riflettuto poco su come accompagnare un battezzato nella sua vita pubblica e quotidiana; su come, nella sua attività quotidiana, con le responsabilità che ha, s’impegna come cristiano nella vita pubblica. Senza rendercene conto, abbiamo generato una élite laicale credendo che sono laici impegnati solo quelli che lavorano in “cose di preti”, e abbiamo dimenticato, trascurandolo, il credente che molte volte brucia la sua speranza nella lotta quotidiana per vivere la fede. Sono queste le situazioni che il clericalismo non può vedere, perché è più preoccupato a dominare spazi che a generare processi. Dobbiamo pertanto riconoscere che il laico per la sua realtà, per la sua identità, perché immerso nel cuore della vita sociale, pubblica e politica, perché partecipe di forme culturali che si generano costantemente, ha bisogno di nuove forme di organizzazione e di celebrazione della fede». È necessario che i laici cattolici non restino indifferenti alla cosa pubblica o ripiegati nei loro templi, e neppure che attendano le direttive e le consegne ecclesiali per lottare a favore della giustizia, di forme di vita più umane per tutti. «Non è mai il pastore a dover dire al laico quello che deve fare e dire, lui lo sa tanto e meglio di noi. Non è il pastore a dover stabilire quello che i fedeli devono dire nei diversi ambiti. Come pastori, uniti al nostro popolo, ci fa bene domandarci come stiamo stimolando e promuovendo la carità e la fraternità, il desiderio del bene, della verità e della giustizia. Come facciamo a far sì che la corruzione non si annidi nei nostri cuori». Persino nei nostri cuori di Pastori. E, al tempo stesso, ci fa bene ascoltare con molta attenzione l’esperienza, le riflessioni e le preoccupazioni che possono condividere con noi i laici che vivono la loro fede nei diversi ambiti della vita sociale e politica. Il vostro dialogo sincero in questo Incontro è molto importante. Parlate con libertà. Un dialogo che sia tra cattolici, prelati e politici, in cui la comunione tra persone della stessa fede risulti più determinante delle legittime opposizioni di opzioni politiche. Per tutto ciò partecipiamo all’Eucaristia, fonte e culmine di ogni comunione. Dal vostro dialogo si potranno ricavare elementi illuminanti, elementi orientatori per la missione della Chiesa nell’attualità. Grazie di nuovo e buon lavoro!

© Osservatore Romano 2 dicembre 2017

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